Tema del fic escribió:En un dia cualquiera por un pequeño bosque, encuentras un lago que te impulsa a bañarte en el, a pesar de que tu no te daras cuenta en ese momento de que te esta atrayendo. Al bañarte tu ego se ve aumentado, prepotencia y la importancia por lo ajeno desciende notablemente.
Deberas escribir como pasas 3 dias bajo estos efectos y luego aclarar si el efecto desaparece o permanece en ti.
- Mmm, qué agradable baño en el lago - el verano estaba próximo y las temperaturas a la luz del sol eran cuanto menos molestas. Sato salió del lago completamente desnudo, seguro de estar solo en kilómetros a la redonda. La única prenda que llevaba era un colgante con un lauburu grabado en acero.
El agua resbalaba por su cuerpo refrescándolo aún. Después del baño, el chico se sentía inmenso, como si nada ni nadie pudiera dañarle. Sus 18 años ayudaban a que esta sensación se propagase como una enfermedad rápida por su cuerpo, pero a pesar de que el chico no destacaba por su humildad, tampoco era normal esta nueva arrogancia que le consumía.
"¿Qué me pasa?" - pensaba Sato meintras se acercaba al lago, aún desnudo. Se paró en la orilla y observó su reflejo en la superficie del agua, calmada por la ausencia de viento en los últimos días. - "No se qué es, pero desde luego me sienta bien" - el joven se movió ejecutando diversas poses que mostraban su cuerpo bien formado, robusto - "Sí, estoy mejor que nunca. No sé ni siquiera por qué abandoné mi cueva. Yo me basto y me sobro para vivir"
Sato había llegado a la Aldea de la Arena unos días antes. A sus 18 años había vivido la mayor parte de su vida en soledad, con tan solo unos contactos esporádicos con la gente que pasaba cerca de su cueva. No obstante, había abandonado aquélla para encontrar la historia de su familia y a la vez convertirse en shinobi.
"Allí era dueño y señor de todo lo que me rodeaba, pero en la Aldea no soy más que un subordinado, con reglas y más reglas por todas partes" - el chico recordó el día que llegó a la Arena, y cómo un chuunin le había dado el alto para confirmar los motivos de su visita, como se hacía con todo el mundo. Recordó también su sensación de inferioridad ante aquel hombre, con la seguridad de que podría hacerlo trizas si quisiera. Pero no eran muy diferentes físicamente. La superioridad del ninja residía en eso, en que tenía entrenamiento shinobi - "Yo también quiero ser fuerte, como él. Sí, volveré a la Aldea y me entrenaré con firmeza, sin dejar que el desánimo me consuma"
Dicho ésto, Sato se alejó del lago y se encaminó hacia un árbol donde había colgado sus ropas antes de bañarse. El sol brillaba en lo más alto, síntoma de que el mediodía estaba próximo, y evaporaba las últimas gotas de agua que quedaban en su piel. Se vistió con su ropa habitual: una camiseta roja sin mangas y un pantalón largo negro. No llevaba zapatos: cuando tenía 8 años perdió el único par que poseía, y los viajeros nunca le ofrecían su propio par. Así que se acostumbró a andar descalzo, y hoy tiene los pies tan endurecidos que podría pasarse días caminando sin que le salieran llagas. Aún así, estaba dispuesto a ponerse zapatillas, siempre que la ocasión lo requiriera.
El chico se encaminó hacia el este, dejando que el sol siguiera su camino hacia el oeste. Al cabo de unos 10 minutos caminando, el terreno, antes verde y lleno de vegetación, se tornó poco a poco en un color entre amarillo y marrón, apagado, sin vida. La arena hizo acto de presencia poco después. Ante él se extendía ahora un desierto de proporciones inmensas, en cuyo interior cualquiera podría perderse y morir si no conocía el camino. Pero Sato no era de esos. Aunque esta zona del desierto no le era familiar, su orientación era magnífica. Habiendo llegado al oasis desde la Aldea, podría volver a ella sin dificultad. Así que continuó su caminata, lenta y tranquila, con la seguridad de que tarde o temprano llegaría a su destino y la precaución de no esforzarse demasiado para no deshidratarse.
Unas horas después, con el astro rey rozando el horizonte y el cielo de color magenta oscuro, el chico se plantó ante las puertas de la ciudad. Al entrar vió que el mismo shinobi que le pidió el nombre y los motivos de su visita el día que llego a la Arena, estaba ese día haciendo también guardia. Pero la sensación era diferente. Sato no le temía, es más, estaba seguro de poder derrotarle. Ni siquiera le inspiraba respeto. Por eso, cuando el chuunin le volvió a preguntar el nombre y el motivo de su visita, Sato contestó con arrogancia:
-¿Es que acaso no me recuerdas, amago de shinobi? ¡Deberías estar limpiando el baño del kazekage, no a cargo de la puerta! Aunque, en realidad, tu incompetencia no me sorprende - después el chico añadió por lo bajo - Maldito perro...
Pero el chuunin lo había escuchado, y lanzó una mirada asesina a Sato. Tenía ganas de lanzarse a su cuello y hacerle todo el daño posible, pero el chico ya se estaba internando en la Aldea, y él estaba solo en la puerta: no podía abandonar su deber de vigilar la entrada. Así que simplemente le gritó:
- ¡Tú, niñato! Cuando acabe mi turno te buscaré y te aseguro que no volverás a llamarme perro.
Sato emitió una risa, salida de lo más profundo de su ser, seguro de que aquel maldito shinobi no podría con él. No obstante le ignoró y continuó su camino. Llegó a casa poco después, un pequeño piso cedido por el kazekage para que se instalara hasta que tuviera una fuente de ingresos y pudiera pagarse uno por su cuenta. Ahora que recordaba aquel hecho, no podía sino pensar en lo patético que era el Kage, regalando casas a todo el mundo solo por tener alguien más que lo protegiera.
Sato no tenía ganas de cenar y se tumbó en la cama, quedándose dormido en poco tiempo.
El amanecer del segundo día después del baño en el lago fue extraño. Se sentía pleno, pero no como si hubiera realizado uno de los objetivos de su vida, sino más bien lleno de un sentimiento que no sabía si clasificar de bueno o malo. Sin preocuparse demasiado se dirigió a la cocina a desayunar.
Tras una breve comida de leche con cereales, salió a la calle, en busca de algo que hacer. Su intención era buscar algún trabajo que le permitiera ser independiente del aparato político de la Aldea: mientras estuviera en la casa cedida por el Kage estaría también bajo su total disposición.
Poco después de salir vio a una anciana cargada de bolsas de la compra. Después de años de recibir ayuda gratuita de viajeros y comerciantes que pasaban cerca de su cueva, Sato había desarrollado un instinto de ayudar a los demás. Pero ese día, algo raro ocurrió. El instinto que le había acompañado durante la mayor parte de su vida fue silenciado por un pensamiento que provenía desde lo más hondo de su mente y le decía: "Déjala. ¿Acaso te beneficia ayudarla?" - Su mente racional le dio la razón a este pensamiento, un pensamiento rodeado de un aura de color rojo oscuro. Sin más, dejó a la pobre mujer sola, que cargara con su compra.
Mientras caminaba de tienda en tienda preguntando si tenían trabajo para él, divisó una casa en construcción, en cuyo tejado se encontraban varios obreros. Mientras les miraba, uno de ellos tropezó y se cayó, dejando oír un gran ¡crack! cuando su pierna derecha se doblo en un ángulo antinatural. Otra vez su instinto natural le empujó a ayudar al desafortunado hombre, pero un nuevo pensamiento le paró: "Él se lo ha buscado, es su culpa, no le ayudes". Cuando pasó por su lado no pudo contenerse y gritó al obrero - ¡Torpe! Yo no me hubiera caído jajaj.
Pasó de largo sin dirigir siquiera una mirada de compasión al hombre herido, y continuó su camino de manera infructuosa. Llegó el mediodía, y comió, y llego la noche, y cenó, pero no encontró ningún trabajo para él. Volvió a casa cunado la luna en cuarto creciente brillaba por encima de su cabeza, y se acostó. Tuvo unos últimos pensamientos antes de dormirse: "Maldita gente de la Arena... Son unos inútiles. Ojalá se partieran todos una pierna, como el obrero. No, ojalá se murieran todos. Así podría quedarme con la Aldea para mí".
Al amanecer del tercer día se levantó preocupado por los cambios que en él estaban teniendo lugar. Sin embargo, no se mostraba descontento. Al contrario, quería ver adónde llevaba todo esto. Después de desayunar, salió a la calle y continuó con su búsqueda de trabajo, igual de infructuosa que el día anterior. A media tarde, tras haber comido gratis gracias a la caridad del dueño de un puesto de ramen, a quien consideraba un perdedor y fácil de manipular, se dispuso a doblar una esquina con tan mala suerte que en su dirección opuesta caminaba una niña de unos 5 años con un helado en la mano. Chocaron, y a la niña se le cayó el helado. Sato le dijo en tono cortante - Mira por dónde andas, enana -. La niña miró alternativamente al helado y a Sato, y empezó a llorar. A llorar desconsoladamente, a llorar como si no hubiera nada más en el mundo que su mar de lágrimas. Y eso rompió a Sato. Un dolor en lo más profundo de su corazón amenazó con salírsele por la boca, y sus propias lágrimas se asomaron a sus ojos. - "Yo no soy así" - pensaba el joven. - "Yo no soy así". - "Sí eres así" - contestó una voz distinta en lo más profundo de su cabeza. - "Ahora sí. Esta es tu naturaleza" - "¡No!" - chilló Sato interiormente. - "No, no no. No soy así, no soy un desalmado, ¡y nunca me convertiré en uno!"
Sato salio corriendo mientras reprimía sus lágrimas. Se dirigió a casa y se tumbó en la cama. Era pronto, pero estaba mentalmente exhausto tras su discusión consigo mismo, y en poco rato se durmió.
Despertó al día siguiente con las sábanas húmedas. Había llorado mientras dormía, había llorado por el dolor causado y por su actitud en los últimos días. Ya no estaba pleno, al contrario: sentía un vacío terrible que deseaba llenar. Ni siquiera desayunó. Salió a la calle y se dirigió rápidamente a la entrada de la Villa. Allí esperaba encontrar al chuunin que primerio recibió su ira, pero no fue así. Encontró en su lugar a otro shinobi, a quien preguntó dónde estaba el compañero del día anterior.
Tras recibir sus indicaciones, fue a buscarlo a la plaza del mercado. Allí lo encontró, parado frente a una heladería, con la niña a la que Sato había tirado el helado el día anterior. Al parecer eran padre e hija. El joven se dirigió hacia ellos y llamó la atención del padre, para después arrodillarse y bajar la cabeza, en actitud de sumisión.
- Por favor perdóneme - decía Sato -. Por favor, no se qué me ha pasado últimamente. El que le habló el otro día no era yo, yo no soy así. - Mientras decía esto la niña tiraba de la manga de su padre y señalaba a Sato. Éste se dio cuenta y comentó - Además, ayer también le tiré el helado a su hija. Haré cualquier cosa para compensarles, a los dos.
El chuunin, que tenía buen corazón y recordaba ahora sí a Sato, conocía su pobre situación económica. Depositó un par de monedas en la mano de Sato y señaló hacia el mostrador de la heladería, al sabor de fresa, concretamente. El chico se irguió anonadado, y compró un helado de fresa, para después dárselo a la niña - Estamos en paz - dijo entonces el chuunin con una sonrisa.
Sato asintió con una enorme sensación de alivió y se marchó. Se dirigía al hospital, donde probablemente estuviera el obrero que se cayó el día anterior. Su intención era disculparse también con él. Mientras caminaba, solo pensaba en que no quería volver a comportarse así nunca más, y que prefería que lo echasen de la Aldea antes de volver a causar tanto daño.




