por sneinkiusa » 12 Ene 2012, 20:08
La veloz marcha del tranquilo recorrido con árboles, arbustos, setos a un lado y a otro, marcaban el sendero descuidado de la entrada de esa capital, escuchándose en la lejanía entre el murmullo de un ronroneo aguados golpes puertas de establecimiento o parloteos intendibles de esa gente. Snein con ojos rojizos miraba fijamente a los puntos donde se localizaban, desconectando por completo ante el cuchicheo de esa extraña pareja que le acompañaba, en su mente solo se insistía una pregunta que le hacía reír como lo que era, un demente.
Cuando el grupo de Shinobis entro por las puertas de la capital una cara de desilusión se le marco en la faz al Kaguya, dejándole unos ojillos lagrimosos. No, aquello no era el país del juego. Un olor a pollos quemados, a restos de heces, orina, gases del mismo alcantarillado se condenaban entre las puertas de esa urbe, haciendo tapar un poco la nariz del peliblanco y preguntando al dúo que le seguían, si habían sido ellos. No espero contestación pues rápidamente se le paso ese estado de perturbación, distinguiendo claramente a un tipo calvo entre la avenida central regando a un banco de piedra como su cubeta de agua. El loco muchacho se separo por unos instantes de colectivo yendo a la posición del habitante, parecía estar intrigado, dando un par de golpecitos en el hombro del sujeto y mostrándole ese sedal que le acompañaba con esos peces colgantes. El personaje de poco pelo tenia la mirada fija hacia arriba, al cielo rojo, mientras movía la lengua y soltaba una extraña oración que hizo que Snein quedara con asintiendo con un par de afirmaciones. Después de aquello el peliblanco le dio los peces y él se llevo la regadera, volviendo a coger la marcha de sus compañeros.
- Que gente más simpática – comentaba la charla que había tenido con ese tipo calvo a Yoru y Sasumi – me dijo que por estos parajes hacen buenos guisos y que si queremos almorzar bien, vayamos a casa de Don Ramón a comer bocadillos de Jamón. Donde Vicente no es aconsejable, pues se dice las malas lenguas que utilizaba carne pasada. – con esto termino siguiendo su ruta por esos láres.
El “ Museo Kin “ también conocido como el “ Museo de los reyes “, se exteriorizó a uno de los lados de esa inmensa calle. Amenazador, hosco, perverso con silbidos de ultra tumba escapándose por las minúsculas grietas de la fachada, ausentándose del interior claustrofóbico, donde afilados dientes se asomaban por las turbias ventanas. Doce métricos pilares de pesada y oronda piedra tratada, bordeaban el recinto resguardándole de las inclemencias del tiempo, reflectado zonas luminosas hacia el exterior de la avenida. Sacudidas en la nada, entre la obstruida sequedad del ambiente denotándose un estado lóbrego con tintes alocados. El joven Ninja no tenia interés por ello perdiendo el ansia de saber, el conocimiento de la antigüedad, él seguía con su fijación en el vicio y la decencia. Los sonidos escuchados, los reflejos captados, las agitaciones punteadas podían ser causados por muchos motivos, talvez osos disecados cercanos a los cristales o el reflejo de las armaduras de los maniquís samuráis, o simplemente los perturbados habitantes. Los minutos pasaba y pasaban, metiéndose por callejuelas que desembocaban a las grandes arterias de la ciudad con entramados y estrechos pasillos, desviándose en multitud de bifurcaciones parques, hospitales, guarderías... Hasta que Yoru pareció quedar parado muy cercano a la salida del otro lado, frente a un pequeño Hotel y entrando en él. Mientras tanto Sasumi y ese chico mente bipolar quedaron quietos en los exteriores observando los tejados, las esquinas, la cara oculta de los edificios con movimientos anormales que agudizaban sus sentidos, colocando su rojiza mirada en la chica y mostrándola ese nuevo objeto conseguido con el trueque. Poco después el pelinegro salió del vivienda dando una llave a cada uno de los dos, indicándoles que esa noche la pasarían allí.
Los tres Ninjas cruzaron mirada sin hablar y el Shinobi loco ingresó dentro para retirarse a sus aposento, subiendo unas escaleras y abriendo la habitación que le había tocado. Un rostro de una hombre cincuentón con la parte de la frente pronunciada, gafillas redondas y unos ojos medio adormilados, se asomo con cuidado mirando de lado a lado bastante tembloroso. Snein le saludo y se metió dentro, con un salto de muelles en la cama, comprobó su rigidez y volvió a mirar a ese tipejo que ocupaba su cuarto sonriéndole como un niño con juguete nuevo.
- Bueno, bueno, bueno ¿ y tu que ? – le dijo el peliblanco – sabes que tengo un llavero, me dio un amigo. – éste le mostraba su regadera conseguida hacia un cuarto de hora. – Oye no te importa que te tuteé, es que últimamente la gente parece estar un poco majareta, y a ti te veo bien.
- ¡¡¡ Aaah ldsjkd ljsklkl ksdjl ksjkldjskl !!! – hablaba exaltado ese personaje, igual de claro que su congénere jardinero.
- Claro, claro, yo te entiendo. Pero que puedo hacer yo, si solo soy un simple pescador. Me gustaría ayudarte, pero mi primo entiende más de ese asunto. Yo lo único que puedo decirte es que te la cortes, si no la utilizas. – le indico con gesto de ojos las partes bajas del ciudadano perturbando.
Snein entre charlas sin sentido, gritos, risas se le paso toda la tarde y parte de la noche, despidiéndose del frente pronunciada yéndose a dormir, mientras que ese tipo quedaba sentado en el borde de la cama mirando como ese chico dormía placidamente.
La mañana fue de igual de inquietante que la noche siguiendo con ese parloteo de los dos locos, mientras que se duchaba con la ropa puesta y le contaba historias a ese personaje que habitaba su cuarto. Todo termino con una despedida, una bolsa equipaje encontraba en ese cuarto y con la ropa del hombre de gafas dentro de la maleta. En el interior había cuatro mudas para cambiar, cuatro camisetas sin mangas, dos trajes téjanos, unos pantalones negros bombachos, un Bombin, un monóculo, dos pares de sandalias y una botella de Whisky de buena calidad. Snein quedo en recepción esperando que hubiera alguien, por visto su familiar ya estaba preparado y le daba comida para el viaje, éste salía a fuerza amarrándose esa bolsa en forma de bandolera para emprender el camino al País del juego.