por Iwa » 13 Feb 2012, 02:01
Todo estaba como debía estar, y aunque había costado, ya se habían hecho a la mar y surcaban ahora el océano. El Yukiwaito en frente, fijo al timón, parecía saber lo suficiente de navegación como para llevar el barco por sí solo, aunque claro ante cualquier eventualidad, Chiba estaba listo para ayudar con las velas o cualquier cosa que se necesitase. La distancia que separaba el lugar de la lucha, con las costa de una isla u otra -La niebla o Krakatoa- eran significantes, y Jow debía de haber llegado hasta la costa con grandes esfuerzos, y no sólo a la deriva.
Chiba estaba cansadísimo. El esfuerzo de la batalla, las técnicas que había realizado, y el simple hecho de haberse gastado, en todo ese trabajo físico, habían probado su estamina hasta el límite. Encima, la brisa marina pegaba directo en su piel, luego de haber perdido polera, chaqueta y sandalias, durante la batalla.
La expedición por dios que había dado frutos, frutos que no podía evitar sentirles un sabor amargo, pero que sin duda le ponían unos buenos pasos por delante... en lo que sea que fuera a hacer ahora con esa información. Por lo demás el barco iba en un incomodo silencio. Jow había dicho que los otros dos habían caído. La dirección directa desde la playa en que habían zarpado, probablemente los hacía pasar bastante cerca de la zona del combate, y aunque quizás aún era peligroso y existía la posibilidad que el espadachín siguiera por la zona, valía la pena arriesgarse para ver si hallaban algo de Rono y Sono.
No dijo nada, por supuesto, pero era una de las cosas que más quería saber. Caminó hasta Jow, que yacía recostado en cubierta, y se acuclilló a su lado, para hablarle por lo bajo: -Ey man... sé que estas jodio, pero te quería preguntar una cuestión. -Hizo una pausa antes de seguir, esperando a ver si tenía la atención del pescador. -Ese tipo, el de la espada... Ryoshi le dijiste... ¿era el amigo pescador de Krakatoa qué me habíai dicho? -solo quería corroborarlo, pues era lo que con Aquiles, habían supuesto.
Poniéndose de pie completamente, solo le quedaba otear el horizonte, en busca de cualquier atisbo más allá del homogéneo casi cobrizo del agua, reflejada del cielo rojo...