No podía aguantarlo un segundo más.
La blanda y tierna hierba crujía bajo sus pies alborotados. No entendía porqué; pero la sensación de encierro casi la hizo explotar; necesitaba correr y lo necesitaba ahora. Corrió, hasta que las piernas comenzaron a reclamar por el esfuerzo que estaban haciendo. Sentía como la garganta se le resecaba, como el corazón latía frenéticamente y como la respiración se volvía superficial y escasa.
Los ojos se le llenaron de recuerdos y de lágrimas antes de que todo se volviera blanco, demasiado blanco para que su atormentada mente pudiera entender que sucedía.
Al no poder ver, terminó por tropezar con algo que se le incrustó en la rodilla, apoyando las manos frente a su rostro para no herirse la cabeza al caer. ¿Quizá el cielo rojo estaba teniendo efecto de nuevo en ella? ¿Volvería a caer en la demencia por no no haber entrenado como era su deber? ¿Terminaría como sus padres; desaparecida, loca y, muy probablemente, muerta en un par de días?
No, no, no. Se quedó en el suelo unos minutos, quizá más, hasta que su garganta dejó de palpitar, su respiración y pulso volvieran a la normalidad, para poder pensar con claridad. El alivio la roció cuando descubrió que el ver todo blanco se debía a la niebla y que sus lágrimas no eran más que sudor por el ejercicio mezclado con la humedad provocada por la niebla.
Se recostó en la hierba, de espaldas al suelo y riendo como tonta. El saber que todo tenía una explicación era un duro consuelo.






