-Azazyel, el caído de los cieloss vendrá con su apetencia de muerte y lujuría a seducir a los hombres de la tierra- Era el paraje de la biblia que se leía del cuerpo del shinobi, precisamente de su antebrazo izquierdo. Su cuerpo era su eterno lienzo, escrito con tinta de sacrificio, dolor y muerte en forma de recodatorio para su misión instaurada desde su infancia y que ahora, en su adolecencia, cobraba más vigor y fuerza.
La casta de "Los clérigos del Norte" a la cual pertenecia su humilde servidor, es prestigiosa en los países del Norte donde su ideología era la ley que duramente castigada a los pecadores que no la seguian. Ahora, el hijo de los padres Santos fue enviado a Konoha con el objetivo de que muriese en el peligroso y fatal viaje, sin embargo, pudo llegar a su destino más o menos asalvo o por lo menos eso fue informado a las autoridades del alto mando de los Clerigos. Aunque el viaje de Aza se iniciaba con apremio y entusiasmo con un las proviciones necesarias para satisfacer sus necesidades fisicas e intelectuales.
En la espalda de joven portaba una mochila con alimentos para la dura travesía, en su mano izquierda con gran apremio cogia un libro que lo leía mientras caminaba por el lugar. Tras chocar un par de veces, lo cerró para fijar nuevamente la atención en su antebrazo, leyendo aquella frase que explicaba la misión de su vida. -¿Acaso vuestro Señor a concebido vil destino para mí?- Era la interrogante que se instalaba en la mente del chico que observaba el cielo para dar con su divina promesa. Azazyel era su nombre mas también su sentencia de crueldad y mundano sentimientos que quizás motivaron a los clérigos a deshacerce del muchacho al enviarlo a esta vida Shinobi.
La aventura inicio camiando por las praderas de sus dominios, la tranquilidad era tan apetecida que se extasiaba con el echo de sentirla. Luego camino por la solitarias montañas, donde el aíre era tan delgado que las funciones básicas de su cuerpo apenas podían cumplir sus objetivos. Aunque logró atravesar dicho lugar, sus emociones no se mermarón sino que se incrementarón más con la dificultad de la travesía. Finalmente, cruzó templos en ruinas, pantanos pestilentes y valles casi interminables para podr instaurarce en la puerta de entrada de la aldea titubeando al entrar y pues, solo se quedo alli, esperando la bienvenida de alguién.
-Fuego celestial, te llamo fuego de la vida para que purifiques este lugar.- Eran las palabras de Aza en la entrada que en forma de oración escapaban de los labios del chico, mientras con su mano contaba las cuencas de su rozario.





