Era demasiado tarde pero estábamos tan cerca, era solon cuestión de segundos que todo se desvaneciera como en el antiguo pasado de nuestras almas, no había un regreso cuando ya había cruzado aquella gran puerta de tan digna mansión. La fiesta ya había comenzado y nuestro afán de recibir información del feudal era rebuscado, tan solo me había separado unos segundos de ti y ya fuiste asesinada, ¿Cómo iba a saber que estábamos destinados a tan indigno final? Solo mi mirada había podido decidir aquel esperado mordisco…
Sangre y más sangre corría por su cuerpo mientras que la muerte acechaba en su alrededor, la mente y el cuerpo se posicionaban en aquel escenario de bosque del siniestro. Había sido emboscada por un grupo de bandidos, los cuales saboreaban una y otra vez el dulce amanecer de una kunai por sus cuellos, patadas al horizontes y un sin fin de suspiros, era demasiado rápido para cambiar... Pero algo era diferente, la sangre ya no era tan pura la que manchaba el aire y es que parte de esta era suya, cortes y desgarros habían aparecido por sus extremidades e incluso cuerpo, salpicando así la amarga hierba que se encontraba en el desden de mis sueños. Todo sonaba a cosas que suenan a triste, a olvidar, pero ella no deseaba encontrarse de nuevo con aquel instinto tan primario, donde aquella extraña invadía mi ser y transformaba aquel sueño sofocante en la placida luna.
Pero por fin, la lágrima significaba el final de una obra maestra, donde todos formaban en la “funestre” que se escenificaba en el lugar, era el momento equivocado, no había opción a retroceder, y mientras la cantidad repugnante de quince vagabundos disipaban su horizonte ella descansaba en el suelo, esperando quizá la posible muerte que le acecharía en aquella bella noche de invierno. Aquel camino había sido el último que había escogido, al menos en su vida pues todo comenzaba cuando el sueño tan solo había hecho más que comenzar. No era más que coincidencia que en ese inhumano lugar transcurriera su salvación del más extremo olvido, una carreta circulaba y asomaba la visión de unos grandes caballos negros decorados con mallas de hierro gris y de unos conductores tapados de oscuro hasta la misma médula, acabando así con el más bello carro que se podía haber llegado a descubrir. Adornos de oro, madera del bosque viviente de Saeryoku las nobles campanillas al final de este que repicaban señalando su paso vacío de muerte y acecho. Era así como una mano blanca, más diríamos pálida se asomaba cuando esta carreta terminaba su carrera, enseñando el verdadero destino a la que había elegida la rubia, sus heridas continuaban abiertas y le costaba en exceso incluso levantarse, su vida no más pendía de su propio hilo. No tenía más elección que ser introducida en uno de los más oscuros rincones del nuevo amanecer, o mejor nombrado del nuevo anochecer, cayendo así inconsciente en el estrecho de sus desmayos.
El despertar fue lento y aunque parecía que había descansado en la mismísima eternidad, la noche aún sembraba en el ventanal de aquella habitación. No era comprensible lo que había ocurrido, su cuerpo ahora se posicionaba en aquel lugar y su mente se trasladaba al sinsentido, donde pocas habían llegado a salir y embarcarse a la verdadera realidad. Su ropa era diferente, no era la suya y sus heridas habían sido tratadas, al parecer aquella mano le había llevado hasta un lugar seguro, eso era lo que ella predecía en tal asunto. Cuando levantaba de la cama, un camisón largo y blanco tapaba todas sus intimidades, moviéndose esta de forma lenta y abrir por fin la única puerta del lugar. Lo que iba a llegar a ver en ese instante era incluso más increíble de lo que había llegado a pensar, un gran baile se celebraba y todos felices tarareaban y comían como si la noche nunca acabase. Era impensable que algún noble hubiera llegado a sentir lastima por ello, pues más no comprendía lo que estaba ocurriendo en el lugar, pero todo cambio cuando al asomarse en el palco mayor todos los bailarines la miraron fijamente. La sensación de un incesante miedo y desconcierto volvía a asolar la pequeña mente de la joven, trasladándose hasta el interior de una nueva capa de sueños, despertando cuando una noble figura aparecía detrás de ella. Era un hombre moreno, de piel pálida y ojos rojos, cuasi podría uno de los más bellos que quizá visto, este acariciando su cintura la volteaba y la dejaba de espaldas al público, lentamente iba sosteniéndola en el más sencillo de los placeres, era casi irresistible el quedarse quieta, parecía como si se encontrará dentro de las ilusiones más perversas de los hombres. Pero toda aquella anhelación, todo aquel instinto primario acababa cuando un mordisco se adueñaba de su cuello, su sangre comenzaba a brotar y de alguna manera le gustaba… El picante sabor del dolor era apreciado por toda su columna, su cintura apretada con las viriles manos del moreno y las manchas que empapaban su camisón de tela. No sabía explicarlo, pero todo era un complot de sensaciones que la trasladaban al orgulloso mundo de la oscuridad, su piel ya palidecía y su cabello, sus ojos e incluso parte de su físico cambiaba, era como un nuevo despertar dentro de la noche, como aquel sueño que siempre quisiste tener y nuca lo conseguiste. Pero aunque todo entrará dentro del mayor éxtasis, su mente no pudo soportarlo más y se derrumbo, cayendo de nuevo en un estado de inconsciencia casi de muerte podríamos decir por la cantidad de sangre que había en su ropa. Y no era más que aquello, no había un nuevo camino en ese despertar que sostener una mirada constante y perdida hacía ese nuevo horizonte que su vida plasmaba ante ella.
Solamente el miedo a equivocarnos nos hacía tomar decisiones erróneas, entender bien lo que decimos no sirve para nada, solo llegábamos al destino en que nuestra vida acaba. Su mente y su cuerpo habían estado muy equivocados hasta ese mismo momento, lo llevaba sintiendo desde pequeña y por fin su mente asolaba la nueva vibración que nacía en su cuerpo. Allí en el pico de la torre más alta de la mansión se encontraba la figura de la nueva señora de la muerte, ocultando su malicia por una capucha y desprendiendo solo un atajo de señuelos con sus cabellos rosados, atrayendo así a los aventureros perdidos en el mundo mortal. Era el infierno sostenido…








