Era un día como cualquier otro, en pleno mes de Julio. Todavía estaba amaneciendo ya que eran alrededor de las ocho, por lo que no se podía divisar con perfección todo aquel paisaje. Los pajarillos empezaban su cántico a la par dando ese toque tan alegre a la mañana, todas aquellas flores movían su cuerpo de un lado para otro con las ráfagas de viento que pasaban de vez en cuando y un gallo encerrado en un corral que se encontraba en el centro de la plantación de arroz realizaba aquel grito característico que despertaba a tanta gente.
El lugar estaba dividido en dos partes por un pequeño camino de unos cuarenta metros de largo y dos de ancho. A sus lados se encontraban grandes extensiones cultivadas, al parecer era la base de la economía y alimentación de todas aquellas personas que vivían allí. Al fondo se encontraba una gran muralla que cubría por completo toda la ciudad, exceptuando un edificio del centro que sobresalía de los demás. Ese lugar era la residencia del Otokage, donde se reunían todos los ninjas de la aldea en caso de reunión.
Un hombre con un rostro un tanto peculiar pasaba por aquella senda tan llamativa; su cabello de un color rubio chillón que no medía más de 2 centímetros, dejando el flequillo echado hacia delante, sus gafas de una gran tonalidad de colores y su lengua siempre fuera hacen característico a este personaje pudiendo reconocerle facilmente.
Vestía con una camisa blanca y roja, desabrochada, dejando al descubierto parte de su desarrollado torso. Sus pantalones eran de un color anaranjado, atados con una cuerda y sin llegar a cubrir todas las piernas, dejando al descubierto la parte inferior de las tibias. Calzaba con unas chanclas de madera y unas vendas atadas, que iban desde la suela hasta un poco más del tobillo. Cubriendo toda la espalda y el pecho llevaba gran capa de plumas de color rosa, procurando esconder algo, aunque no era posible saber que era a simple vista. Su forma de caminar se asemejaba a la de un hombre borracho, aunque nada lenta. En apenas unos minutos estaba frente a una gran puerta en el centro de toda aquella muralla. El joven ninja se quedaba mirándola durante unos segundos, hasta que con una pequeña sonrisa macabra, pateaba la madera vieja que tenía en frente.
- Maldita puerta... no me hagas pasar un mal rato - Pensaba dentro de si mismo.








