El cielo estaba rojo, pero aparte de ese detalle, todo continuaba tal y como lo recordaba. El suelo se veía cubierto por una densa capa de nieve que comenzaría a lanzar quejidos contra el cielo en cuanto alguien caminase sobre ella. El viento helado le azotaba la cara con gran fuerza, como si le estuviera abofeteando, y hacía que sus largas ropas de abrigo ondearan cual banderas. El pueblo a cuyo puerto se dirigían tampoco había sufrido cambios. Kuriyo no era más que una reducida aldea costera en la que las casas estaban diseñadas para hacer frente a las bajas temperaturas ya que a causa de las frecuentes nevadas se veían cubiertas por grandes cantidades de nieve, en la que sus habitantes se dedicaban casi en exclusiva a la pesca. Se habían tenido que adaptar a vivir en el infierno helado en el que habitaban.
El barco en el que viajaba junto a Shiro, que tiritaba a causa de el frío gélido imperante en esa nación que había visto nacer a Kenta hacía ya 16 años, se mecía ante las acometidas de las olas mientras trataba de evitar los pedazos de hielo que surcaban las aguas como si fueran extraños y primitivas naves que flotasen a la deriva. Debía reconocer que la suerte le había sonreído al dar con aquel barco y que su sonrisa se ensanchó aún más con respecto al capitán y a la tripulación, quienes pese a estar dominados por la bóveda celeste carmesí, habían demostrado ser lo suficientemente competentes al menos para que pudiera divisar la costa de su tierra natal.
Kenta había dejado atrás su vestimenta habitual pues jamás podría olvidar las inclemencias del clima del País Helado. Vestía ahora un largo abrigo verde que llevaba abrochado, una capa grisácea ribeteada en piel, cuya capucha le servía para ocultarle el rostro, a lo que también ayudaba la ancha bufanda del mismo color que llevaba alrededor del cuello y que llegaba a taparle la boca. Cubría sus manos con sendos guantes negros. Su vestuario se veía complementado por unos pantalones azules y unos zapatos negros. Sus ojos azules estaban fijos en la costa y pese a haber vivido allí durante los últimos 15 años de su vida, no podía decirse que tuviera demasiados buenos recuerdos de su hogar. De hecho, contemplar aquel paraje le hacía concentrarse tanto en sus recuerdos que casi era capaz de escuchar como el viento arrastraba palabras de su pasado. Los gritos, los insultos, el sonido del cinturón chocando contra su torso…..
Se obligó a apartar la mirada y dirigirla a su perro labrador, que seguía temblando. Kenta se arrodilló junto a él.
-Hogar dulce hogar, ¿verdad, chico?- dijo con una sonrisa que quedó tras la bufanda.- Siento haberte traído hasta aquí, pero no quería venir solo.
No sabía como reaccionaría al ver al hombre que le había amargado su vida y la de su madre, pero más importante era el hecho de que también desconocía como actuaría éste al verle. Tan solo había transcurrido un año desde que se había ido de allí con su madre y su tío materno, quienes tenía entendido que habían partido hacia el País del agua, lugar natal de ambos mientras él se dirigía por recomendación de su tío a Otogakure por si su progenitor partía en su busca, pero los motivos de su huida eran claros. Si hubieran continuado allí, seguramente su padre y el machismo imperante en aquella región desolada habrían acabado con la vida de ambos. Con mucho gusto, habría prendido fuego a toda esa maldita aldea para así borrarla de su pasado pero estaba allí únicamente para visitar a su padre, y eso era lo que iba a hacer.
Unos minutos más tarde, el barco amarró en el puerto, permitiendo al médico y a su mascota bajar a tierra no sin antes recibir unas palabras de despedida por parte del capitán a la que Kenta no se molestó en responder. Ahora que estaba en tierra, los recuerdos le asaltaron con más fuerza que cuando se hallaba a bordo del navío y concretamente, en su mente surgió con toda nitidez el momento en que la tortura dio comienzo también para él.






