Hielo y Sangre

No postear // Fic

Localizado en uno de los polos, el extremo frio rodea estas tierras alejadas, donde solo en verano pueden disfrutar los niños jugar en la nieve.

Hielo y Sangre

Notapor Yun » 28 Dic 2011, 00:16

El cielo estaba rojo, pero aparte de ese detalle, todo continuaba tal y como lo recordaba. El suelo se veía cubierto por una densa capa de nieve que comenzaría a lanzar quejidos contra el cielo en cuanto alguien caminase sobre ella. El viento helado le azotaba la cara con gran fuerza, como si le estuviera abofeteando, y hacía que sus largas ropas de abrigo ondearan cual banderas. El pueblo a cuyo puerto se dirigían tampoco había sufrido cambios. Kuriyo no era más que una reducida aldea costera en la que las casas estaban diseñadas para hacer frente a las bajas temperaturas ya que a causa de las frecuentes nevadas se veían cubiertas por grandes cantidades de nieve, en la que sus habitantes se dedicaban casi en exclusiva a la pesca. Se habían tenido que adaptar a vivir en el infierno helado en el que habitaban.

El barco en el que viajaba junto a Shiro, que tiritaba a causa de el frío gélido imperante en esa nación que había visto nacer a Kenta hacía ya 16 años, se mecía ante las acometidas de las olas mientras trataba de evitar los pedazos de hielo que surcaban las aguas como si fueran extraños y primitivas naves que flotasen a la deriva. Debía reconocer que la suerte le había sonreído al dar con aquel barco y que su sonrisa se ensanchó aún más con respecto al capitán y a la tripulación, quienes pese a estar dominados por la bóveda celeste carmesí, habían demostrado ser lo suficientemente competentes al menos para que pudiera divisar la costa de su tierra natal.

Kenta había dejado atrás su vestimenta habitual pues jamás podría olvidar las inclemencias del clima del País Helado. Vestía ahora un largo abrigo verde que llevaba abrochado, una capa grisácea ribeteada en piel, cuya capucha le servía para ocultarle el rostro, a lo que también ayudaba la ancha bufanda del mismo color que llevaba alrededor del cuello y que llegaba a taparle la boca. Cubría sus manos con sendos guantes negros. Su vestuario se veía complementado por unos pantalones azules y unos zapatos negros. Sus ojos azules estaban fijos en la costa y pese a haber vivido allí durante los últimos 15 años de su vida, no podía decirse que tuviera demasiados buenos recuerdos de su hogar. De hecho, contemplar aquel paraje le hacía concentrarse tanto en sus recuerdos que casi era capaz de escuchar como el viento arrastraba palabras de su pasado. Los gritos, los insultos, el sonido del cinturón chocando contra su torso…..

Se obligó a apartar la mirada y dirigirla a su perro labrador, que seguía temblando. Kenta se arrodilló junto a él.

-Hogar dulce hogar, ¿verdad, chico?- dijo con una sonrisa que quedó tras la bufanda.- Siento haberte traído hasta aquí, pero no quería venir solo.

No sabía como reaccionaría al ver al hombre que le había amargado su vida y la de su madre, pero más importante era el hecho de que también desconocía como actuaría éste al verle. Tan solo había transcurrido un año desde que se había ido de allí con su madre y su tío materno, quienes tenía entendido que habían partido hacia el País del agua, lugar natal de ambos mientras él se dirigía por recomendación de su tío a Otogakure por si su progenitor partía en su busca, pero los motivos de su huida eran claros. Si hubieran continuado allí, seguramente su padre y el machismo imperante en aquella región desolada habrían acabado con la vida de ambos. Con mucho gusto, habría prendido fuego a toda esa maldita aldea para así borrarla de su pasado pero estaba allí únicamente para visitar a su padre, y eso era lo que iba a hacer.

Unos minutos más tarde, el barco amarró en el puerto, permitiendo al médico y a su mascota bajar a tierra no sin antes recibir unas palabras de despedida por parte del capitán a la que Kenta no se molestó en responder. Ahora que estaba en tierra, los recuerdos le asaltaron con más fuerza que cuando se hallaba a bordo del navío y concretamente, en su mente surgió con toda nitidez el momento en que la tortura dio comienzo también para él.

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Notapor Yun » 28 Dic 2011, 02:52

Todo sucedió cuando tenía 12 años o eso recordaba. Ya antes era consiente de que en ciertas ocasiones su padre, también conocido como Gorosuke, había maltratado a su madre pero debido al entorno patriarcal en el que se había criado y a que su madre siempre le decía que no debía preocuparse, nunca le dio importancia. Sin embargo, ese día en cuestión llegó a su casa justo cuando una de las palizas se estaba desencadenando. Su madre estaba sangrando, tenía un ojo morado y su cuerpo no paraba de agitarse por las lágrimas mientras que su padre no paraba de golpearla y de insultarla a gritos. Al ver aquella escena, intentó interponerse entre su padre y su madre, pero Gorosuke continuó insultando a su madre para luego lanzarla fuera de la habitación y atrancar la puerta del cuarto desde dentro. Las palabras que le dirigió entonces su padre le helaron la sangre.

-¿Quieres ayudar a esa zorra? Muy bien. Entonces a ti también tendré que enseñarte a quién debes obedecer en esta casa.

Después de aquello, pudo ver con toda claridad como su padre agarraba un cinturón, le colocaba contra un rincón del cuarto, de espaldas a él y empezaba a fustigarle. Sentía el dolor con cada golpe y su garganta lo demostraba, dejando escapar alaridos terribles. Las lágrimas resbalaban por su rostro mientras le suplicaba piedad a su padre al tiempo que oía suplicar a su madre al otro lado de la puerta para que dejase ir al niño. Desde ese momento, las palizas se siguieron dadno con cierta habitualidad aunque normalmente siempre iban dirigidas contra su madre mientras que él solo era golpeado si intentaba protegerla, lo que normalmente sucedía cuando no podía aguantar más los gritos y los llantos aun sabiendo lo que le aguardaría por adoptar tal conducta. De esta forma Gorosuke Kobayashi les atacaba indiscriminadamente sin importarle realmente cuanto gritaran pues sabía que en aquel pueblecillo, en el que gran parte de la gente se regía por unas ideas tan conservadoras, ninguna persona se inmiscuiría en la vida privada de sus convecinos de forma directa.

La imagen se desvaneció como si nunca hubiera estado allí, pero la rabia, la ira y las ansías de pagar a aquel sujeto con su misma moneda habían vuelto a avivarse. Trató de calmarse. Dentro de poco quedaría satisfecho por completo y con un poco de suerte, su padre no viviría muchas horas más. Echó a caminar, ignorando todo cuanto sucedía en el pequeño puerto. Suponía que en una situación normal, le habrían exigido que firmase en alguna parte para tener constancia de su llegada al pueblo pero tal suceso no llego a darse, lo que achacó ante todo a la extraña actuación de los seres humanos en aquel nuevo mundo en el que los ninjas eran las únicas personas capaces de mantener el control sobre sí mismas.

Entró, por lo tanto, en la aldea, propiamente dicha, caminando con lentitud pero con determinación por el riesgo de poder resbalar a causa del hielo y caer al suelo. Shiro, intentando ignorar el frío, correteaba por delante de él, jugando por la enorme alfombra blanquecina que cubría el suelo. Pese a que en un primer momento tenía pensado ignorar todo cuanto viese, en cuanto sus ojos se fijaron en edificios que reconocía de su niñez detuvo sus ojos por unos momentos, maravillado por la belleza de ese lugar. Cubierto por la nieve, era un paraje que pocas veces podía verse fuera de allí y sin embargo, a él siempre le había parecido normal la abundancia de nieve. No obstante, no miró a ninguna de las personas que caminaban por las calles junto con él ni a las actividades que llevaban a cabo.

Después de caminar un par de minutos, pudo contemplar la vivienda en la que se había criado. Nervioso y ansioso a partes iguales por lo que se podría encontrar allí, el muchacho decidió antes detenerse en una tienda que estaba abierta. Entró en la misma, seguido por su perro y halló detrás del mostrador a un hombre al que no reconoció y que con voz seria dijo:

-¿Qué quiere?

Kenta suspiró. Llevaba días practicando para dar vida al personaje que llevaba representando desde que hubiera tomado el barco pues no quería que las autoridades del país pudieran asociar lo que tenía en mente realizar con su verdadera identidad. Tendría que esforzarse para que le saliera bien, pero creía que ya le saía casi como si esa creación suya fuera su verdadero yo.

- He venido para trabajar en unas obras por órdenes de los líderes de esta zona. Le enseñaría mi permiso pero dudo mucho que le importe.- al hablar, intentaba dar un tono autoritario a su voz así como que esta sonase más grave para imponer temor al vendedor, a lo que le ayudaría también su apariencia actual.-. Para empezar, necesitaré una cuerda, y que sea larga, no vaya a ser que me quede a medias y tenga que volver. Y no querrá verme aparecer de nuevo por aquí, se lo prometo.

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Notapor Yun » 29 Dic 2011, 17:52

El hombre obedeció con presteza y no tardó en traerle un rollo de cuerda más largo del que requería, pero por cuanto le servía para sus fines, restó relevancia a ese pequeño detalle. Llevó la mano a su bolsa para soltar un par de monedas por el producto que le acababan de entregar, cuando se percató de que el tendero observaba con cierta preocupación en sus ojos al perro que le acompañaba.

-¿Pasa algo?- quiso saber.

-Cómo qué si pasa algo? Saque al rinoceronte de aquí. Me lo va a poner todo perdido de nieve.- se quejó el hombre.

-¡Por mí como si se caga aquí mismo! Al menos, entonces este sitio tendría cierta clase. – dijo Kenta.- Y ya que tantas ganas tienes de meterte con alguien, te quedas sin dinero para que así ya puedas insultarme a mí y dejes en paz a mi amigo.

Dejó al tendero estupefacto, momento que aprovechó para salir de la tienda, cerrando de un portazo para dirigirse ya hacia su hogar. La travesía por las calles del diminuto pueblo fue breve ya que su hogar estaba a pocos pasos. Se detuvo al llegar junto a la puerta y alzó la mano por unos minutos, sin llegar a descargarla contra la puerta. Pensaba en que diría en cuanto su padre le viese, seguía sin palabras para ese momento pero sabía que no había motivo para retrasar aún más el encuentro. Debía zanjar ya aquel asunto.

- Shiro, tú esperame aquí, ¿de acuerdo?- dijo el muchacho, recibiendo un ladrido del animal, que obediente se tumbó sobre la nieve. – No tardaré mucho.

Golpeó la puerta. Tuvo que volver a llamar dos veces más antes de que la puerta finalmente se abriera, por lo que al principio creyó que su padre se encontraba fuera, lo que dificultaría su búsqueda pero al ver como Gorosuke Kobayashi, hombre de unos 42 años, de pelo castaño, ojos azules y de altura no muy excesiva. Kenta se fijó en que había adelgazado desde la última vez que le viera. Al ver a su rostro, el médico dejó de dudar. Aún podía ver a su padre azotándolo con el cinturón, abriendo surcos sanguinolentos en su torso, como le quemaba la piel con sus cigarillos. La inquietud desapareció. Solo podía saludar a su progenitor de una forma.

-¿Sí? ¿Quién es? – quiso saber Goro.

-Me llaman Reiji Aramaki, señor Kobayashi.- le informó.- Pero tú puedes llamarme Kenta Kobayashi.

Y después de decirle aquello, no aguardó a contemplar si la expresión del hombre camibaba. Le hundió su puño derecho con todas sus fuerzas en el rostro, logrando para gran satisfacción del médico que éste cayese contra el suelo y quedase sin sentido. Su padre no era ninja y por lo tanto estaría afectado por la locura, lo que le habría permitido controlarle fácilmente pero debía reconocer que no había sentido más satisfacción en su vida que cuando había llevado a cabo ese simple acto.

Con su víctima sin sentido, entró al interior de la casa, cerró la puerta, atascándola desde dentro pues no quería que le molestasen, y tras deshacerse de la bufanda que le tapaba el rostro y haciendo descender la capucha de la capa que llevaba, se adentró en el salón arrastrando el cuerpo de su padre y con cierta dificultad, logró sentarle en una silla vacía que había colocada junto a una pequeña mesilla.

Debía actuar deprisa y así lo hizo pues tenía que terminar de poner en práctica su plan antes de que despertase su padre. Evitaba fijarse demasiado en el interior de la vivienda, rehuyendo las memorias que pudieran surgir en su mente si no lo hacía. Después de dejar a su padre allí sentado, agarró la cuerda que había adquirido y cortó cuatro pedazos que utilizó para atar a su padre a la silla por las muñecas y las piernas, asegurándose de que los nudos eran lo suficientemente resistentes como para que no se soltasen si el hombre trataba de librarse de su pequeña prisión de madera.

Ahora, solo quedaba materializar la parte más difícil de su plan de venganza.

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Notapor Yun » 29 Dic 2011, 22:43

Fuera del Rol
Todo lo aquí relatado es ficción. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.


Dio varias bofetadas a su progenitor hasta que obtuvo el resultado que buscaba. Su padre abrió lentamente los ojos y miró a su alrededor, con expresión confusa en el rostro, sin comprender del todo cuanto sucedía. Trató de levantarse pero no sirvió para nada. Las ataduras estaban demostrando su utilidad con gran eficacia. Al comprobar que no podía moverse, el hombre miró por primera vez hacia sus manos y sus piernas atadas para luego empezar a moverse con más insistencia aunque sin resultado.

- Me estoy fusionando con la silla. Me estoy fusionando con la silla. No quiero. No quiero.- decía el hombre, como si no pudiera ver las cuerdas que lo amarraban a la madera.

Kenta carraspeó. No le interesaban los delirios de aquel pobre diablo. No iba a esperar más tiempo para terminar con esa tarea que se había impuesto. El sonido causado llamó la atención del demente, que dejando de moverse, clavó sus ojos en los del médico, que le observaba con un rostro carente de emoción.

-¿Cuándo has vuelto, chico? Ayúdame a salir de aquí. La silla se me quiere tragar.

-Te ayudaré, padre. No te preocupes.

El médico tomó cuatro kunais y los depositó suavemente sobre la mesa. Había llegado el momento de la verdad. Kenta nunca habría sido capaz de llevar a cabo lo que estaba a punto de hacer, pero ahora él era Reiji Aramaki y Reiji no conocía el significado de la piedad o de la misericordia. Para ese papel que estaba interpretando, no eran más que las palabras enarboladas por los débiles en situaciones de desesperación. Se obligó a ser fuerte, a hacerlo. Se obligó a tomar un kunai con cada mano y en lugar de dirigirlo hacia las cuerdas, perforar con los mismos las manos de su progenitor, hundiendo las armas hasta que éstas entraron en parte en la madera de los gruesos reposabrazos, asegurándose de que pese a las ataduras, si su padre se esforzaba a la hora de mover las manos, pudiera verse libre de las armas que tenía clavadas.

Ignoró el aterrador grito de su padre y la sangre que manaba de las heridas por él abiertas. Aún no había acabado. Rápidamente, se apoderó de los otros dos kunais y esta vez, perforó ambos pies, hundiendo las filosas armas todo cuanto podía en la carne de su progenitor. Gorosuke aullaba de dolor, intentando liberarse pero al ver que sus vanas tentativas solo le causaban mayor dolor, no tardó en detenerse mientras clavaba unos ojos llorosos pero llenos de rabia en su hijo.

- ¿Qué haces? Soy… tu padre, tienes… que obedecerme. Tienes que…- decía Gorosuke, mientra trataba de luchar contra el dolor.

- Cállate, ¿quieres? Yo no tengo que hacer nada. Cuando tú nos maltratabas a mi madre o a mí, no te importaba una mierda que suplicásemos. Es más, a veces hasta te reías de nosotros. ¿Y quieres que te ayude? No, hoy voy a ver lo aguerrido que es el gran Gorosuke Kobayahi. Lo único que tienes que hacer es sacarte las armas de las heridas, desatarte y entonces te curaré. La otra opción es que no hagas nada, en cuyo caso tarde o temprano, morirás desangrado, pero como no soy una persona paciente, supongo que yo mismo te abriré la garganta. Tienes 30 segundos para tomar una decisión.

Puede que el hombre estuviese loco, pero entendía su situación, lo que quedaba claro por el llanto que se apoderó de él mezclado con frases de súplica. Algunos podrían haber pensado que se estaba excediendo en el castigo que le estaba dando a su padre, pero él no. Había vivido en ese infierno durante tres años, tres años en los que solo había soñado con exterminar la vida de aquel miserable sujeto, de librarse para siempre de él y de lo que representaba en su vida. Para Kenta Kobayashi ningún castigo sería suficiente, y Reiji estaba allí para asegurarse de que aquel sujeto, su padre, sufriera las consecuencias que la justicia demandaba.

- ¿Qué va a ser? – inquirió mientras agarraba el último kunai que quedaba en su posesión. - ¿Lo hago ya o intentarás vivir?

El hombre no dijo nada, pero cuando el adolescente vio como éste empezaba a intentar levantar la mano derecha, provocando que saliera aún más sangre de su carne herida y nuevos gritos de su boca, una sonrisa se dibujó en su rostro. Había caído en su trampa y no pensaba dejarle escapar.

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Notapor Yun » 30 Dic 2011, 00:09

Se decía a sí mismo que tenía que observar, que no podía titubear bajo ninguna circunstancia. Al fin, las cosas empezaban a salir como había planeado. Su padre rugía como un animal salvaje, rugidos que en ocasiones eran acompañados por los ladridos de Shiro desde el exterior, con los ojos anegados en lágrimas mientras trataba de sacarse el kunai de la mano derecha con gran esfuerzo debido a la soga que limitaba sus movimientos. La sonrisa que se dibujaba en los labios del joven médico de Otogakure al observar aquello, no se desvaneció en ningún momento. Es más, encontrarse ahora en la posición del que infligía el castigo resultaba más gratificante de lo que esperaba y el poner a su padre en esa situación, le había ayudado a darse cuenta de lo patético que había sido al temer a aquel sujeto.

Tardó un tiempo pero finalmente, su padre logró sacar su mano dañada del kunai clavado en la silla. El arma, parte del reposabrazos y la parte del suelo ubicada bajo éste habían quedado salpicadas por el rojizo líquido que escapaba de la fisura de la mano derecha de Gorosuke. El varón adulto, viendo su mano liberada, agarró el kunai con la mano, evitando en todo lo posible tocarse la herida al tiempo que tiraba del arma por la empuñadura. Y cuando finalmente lo consiguió, maniobró con el arma hasta que finalmente logró cortar la atadura de esa mano y posteriormente cortó los demás trozos de cuerda que le retenían.

Con la movilidad recuperada en esa extremidad, Gorosuke lanzó el arma contra su hijo en un intento por acertarle contra el pecho, pero Kenta, que ya estaba preparado para una reacción así, tan solo se apartó velozmente hacia un lado para luego indicarle que siguiera con la prueba y que si volvía a intentar de nuevo un ataque de cualquier tipo, le mataría inmediatamente. Aquella amenaza pareció ser lo único necesario para acabar con los últimos resquicios de resistencia de su padre, quien finalmente logró liberar también su otra mano. Tocaba ahora extraer los kunais que le estaban perforando los pies, los cuales no llegaban a penetrar en el suelo pero si no se libraba de ellos, Gorosuke no podría ponerse en pie por lo que el quitarse las filosas armas era una obligación totalmente necesaria.

También realizó esa macabra actuación con éxito y ya con ambos kunais en las manos intentó levantarse y cargar contra Kenta, que había observado todo aquello en un absoluto silencio, esperando que todo llegase a ese momento, pero el dolor al que tenía que hacer frente su víctima era demasiado poderoso. Soltó un quejido y volvió a caer sobre la silla. Kenta se pasó una mano por el cabello. Su padre, sentado en la silla, sangrando a borbotones sobre un suelo largo tiempo cubierto de manchas carmesí.

-Cúrame. Lo he conseguido.- pidió su padre, con voz queda.

-Sí, lo has conseguido.- dijo Kenta, y sin dudar, lanzó el kunai contra el pecho de su padre, hacia el lugar donde estaría el corazón, impactando éste contra su debilitado objetivo a una gran velocidad. – Pero eso no significa que vayas a sobrevivir. Hasta nunca, padre.

Con su padre muerto, ya no le quedaba nada más que hacer allí. Recuperó todos sus kunais junto con su bufanda, quitó la traba que había colocado en la puerta y salió al exterior tras volver a ajustarse la bufanda y volver a echar la capucha sobre su rostro. El frío lo recibió con fuerza, casi como si le estuviera reprendiendo por lo que acababa de hacer, y varias personas se habían congregado allí, seguramente atraída por los gritos, pero él tan solo miró a Shiro.

- Vámonos, chico.- expresó Kenta.- Con un poco de suerte, el capitán nos habrá esperado.

Parecía relajado, tranquilo, pero su mente no dejaba de dar vueltas sobre lo que había hecho. Matar a su padre había sido una de las razones por las que había decidido ir a Otogakure, no la única, pero sí la más importante y ahora que lo había conseguido, no tenía un verdadero objetivo. Carecía de algo a lo que llamar meta, su vida quedaría a partir de ese momento reducida a obedecer ciegamente a Otogakure, a menos que sucediera algo que diese un vuelco radical a su vida. Sin embargo, nadie se equivocaría si afirmase que a partir de ese momento Kenta Kobayashi viviría una vida sin un verdadero sentido.

Al llegar al puerto, el barco seguía allí y al subir a bordo, el capitán le indicó que zarparían en dos horas, tiempo que el médico de Otogakure aprovecharía para dormir un tiempo en su camarote. Ya pensaría en las consecuencias de lo que había acontecido en aquella gélida región al despertar si es que el barco no se había hundido para entoces.

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