por Uchiha Nagini » 01 Mar 2012, 15:11
Los once años ya acompañaban en la vida de los dos jóvenes aspirantes a kunoichis. Tiempo, sudor de mucho entrenamiento, y una nostalgia imborrable tras la desafortunada desaparición de este mundo de la bella Yamada, madre de los chicos, y mujer a la que no olvidarían nunca. Tanto así que...
...una de las escapadas famosas de Nagini y Shibari, acabó, como casi siempre, en una aventura sin un retorno a tiempo. Esa incursión incurrió en el interior de la jungla de la isla. Las ranas y cigarras arrullaban con su sonido todo el rato, cada insecto era molesto, era un lugar muy húmedo y por lo tanto nada iba a resultar agradable más que la sensación de libertad y aventura. También, a favor tenían el poder practicar sus técnicas contra bichos voladores a los que desintegraban para adquirir experiencia en el combate, algo, que en el caso de las avispas, era un error a considerar debido a que éstas se congregaban en grupos cuando se veían amenazadas. El miedo a los cocodrilos que acechaban desde las orillas del río y los pequeños lagos que se formaban por las lluvias era constante.
El ocaso se cernía y la noche era ya la inmensa vigilante de la selva. Los dos chicos sólo corrían y corrían buscando el lugar de regreso pero se habían desorientado por un tiempo. Al final lograron saber el camino de regreso pero, las cosas más complicadas no estaban más que apunto de empezar.
Corrían y corrían pisando varios centímetros en el fondo de fango, lo cual era un buen entrenamiento de fuerza aunque ese no fuese el cometido de los muchachos. Cayeron de bruces en una trampa tan común como impredecible (y más cuando la lluvia hacía aún más confusa la nitidez de la noche); y quedaron colgados por los pies. Una mala noche la tiene cualquiera, pero esto no presagiaba nada bueno en absoluto. El torrencial lluvioso se metía por los agujeros de la nariz, y el peso de la ropa hacía que el lazo que rodeaba los pies fuera más dañino.
Al cabo de un rato, unos pasos se podían oír por encima del sonido de la lluvia, las ranas, los grillos, etc. Y no eran de una o dos personas, sino que parecían ser más de una decena. A medida que se iban acercando notaron que eran niños como ellos, pero varios años más jóvenes. Ataviados con claros signos guerrilleros, como si fueran alguna especie de división joven de la lucha e independiente.
Los llevaron a su guarida secreta con los ojos vendados, y atados de pies y manos (con una ligera separación en los pies para que pudieran andar mínimamente).
-¡Soltadnos, malditos cabrones!-gritó Nagini. Pero estaba sujeto por un gran número de pequeñas “comadrejas” que no lo soltaban ni a él ni a su hermana Shibari.
-¡Cállate, niño de mamá!-gritó uno de los niños salvajes, golpeando la cara de Nagini.
-¡No volváis a referiros a mi madre jamás, insectos! ¡Ella ya no está en este mundo!
Los niños quedaron en silencio, en blanco. Y en seguida soltaron a los hermanos.
-Entonces...¿sois como nosotros?-preguntó el que parecía ser el líder.
-¿A qué te refieres?- preguntó Nagini.
-Que si vivís solos, sin padres.
-No, nuestro padre vive...-respondió Shibari, en esta ocasión.
-Nosotros perdimos nuestras familias en una batalla que hubo hace años, nunca tuvimos el calor de unos padres en nuestras pieles, nunca nos arroparon, jamás nos contaron cuentos, por eso tenemos esta vida salvaje.
-Yo puedo contaros un cuento que me contaba mi madre, si queréis...-se ofreció Nagini.
-¿De verdad? ¿Nos contarías uno?
-Por supuesto, pero luego nos tendréis que soltar, dejarnos libres.
-Trato hecho, amigos.
Nagini comenzó a narrar:
``// El caldero hervía a fuego lento en la casa de la colina. El dulzor del interior llegaba a varios kilómetros de distancia, y unas risotadas maléficas llenaban de miedo los oídos del pueblo más cercano. Allí, en la pequeña aldea, vivían: un niño de diez años que se llamaba Lemin, otro de nueve que era Óscar, y la chica, de once años; Susana.
Iban a la escuela como todos los demás. Y esa mañana, en el recreo, el tema del día era la casa de la colina.
-¿Oíste las risas de anoche, Lemin?
-Sí, pude oírlas.- contestó.
-Me dio mucho miedo.- confesó Óscar.
-Vaya un miedica.-le dijo Susana, acercándose a ellos.
-¿Qué creéis que será ese olor tan dulce?-preguntó Lemin.
-¿Estará creando una montaña de chocolate?-fantaseó.
-¿Y ríe maléficamente? Siento destruir tu sueño, Óscar. Pero no creo que sea eso ¿Por qué no vamos a verlo?-sugirió Susana.
-¿Estás loca? Vive un brujo verrugoso.
-A mí me parece buena idea.
-Él sí es valiente, Óscar.-se burlaba la chica.
-Déjame en paz, iré si Lemin va. Nunca dejaría a un amigo solo.
-Gracias, Óscar. Eres el mejor amigo que se puede tener.-se alegró, Lemin.
-A Óscar le gusta Lemin.- se burló la chica en tono cantarín.
-Vale ya, Susana. Déjalo tranquilo y vayámonos a esa casa maldita. Tengo ganas de aventuras.
-La última no salió muy bien que digamos.- mencionó la chica. -aun recuerdo la imagen de tu madre cuando te vio llegar todo lleno de barro.- rió a carcajadas.
-¿Siempre tienes que estar fastidiándolo todo?
-No pasa nada, Óscar. Esta vez saldrá bien.- animó Lemin a sus amigos. -iremos con más cuidado.
Los tres se encaminarían en su aventura, no sin antes acabar todas las clases del día. Porque sabían que estudiar les iba a servir para desenvolverse mejor en los problemas diarios.
-Shhh, no hagas tanto ruido, patosa.- se quejó Óscar, mientras pasaban por debajo de la ventana frontal de la casa del brujo.
-Y tú deja de ir a paso de tortuga.- replicó ella.
-Se llama ir con cuidado.
-Ya vale, callaos los dos, o ese brujo nos zampa.-se quejó Lemin, que iba el último, detrás de Susana.
El olor a dulce cada vez se notaba menos, mientras que la podredumbre aumentaba considerablemente. Abrieron la puerta, despacio.
-Aquí huele a muerto.- masculló Susana, tapándose la nariz.
-Pensaba que ya tenías tu olor asumido.-se reía Óscar.
-Cállate, rata inmunda.- se enfadó ella.
-Dejadlo ya. O sabrá que estamos aquí.- les regañó, Lemin.
-¿Por qué tenía ella que venir con nosotros? ¿No se podía quedar jugando con sus muñequitas.
-¿No recuerdas que te las regalé? Sabía que te iban a hacer ilusión. Más bien es ¿Por qué tenías que venir tú?- contestó la niña.
-Por favor, chicos. Juntos somos más fuertes.-Quiso poner paz, Lemin.
Alguien bajaba las escaleras a pasos desordenados, sin ritmo, como si le costara la vida bajar cada peldaño. Mientras, tarareaba una melodía que no sonaba demasiado bien.
Los niños corrieron a esconderse debajo de las escaleras, y se quedarían muy calladitos.
-¿Dónde estás maldito búho?- dijo el brujo; retirando sillas, calderos, libros, y todo lo que pareciera un escondite.
Un ruido se escuchó debajo de las escaleras. Había sido Lemin, que se había tropezado con una pelotita.
El viejo se encaminó lentamente, sin asustar al pájaro, ya que pensaba que había sido el ave.
-Ya te tengo búho endemoniado.- pero no pudo llegar, porque el pajarraco salió volando desde lo alto de un armario hasta la cara del anciano, con la intención de arañársela. Lo consiguió dos veces, y luego el brujo la atraparía.
-A ti te mataré con más gusto.-amenazó con esa voz carrasposa, mientras volvía por las escaleras.
Los chicos quedaron aliviados al ver que el brujo no los vio.
-Lemin, ten más cuidado. Casi nos pillan.-se quejo Susana.
-Deja de quejarte por todo.-le recriminó Óscar.
-Tranquilo, tiene razón. No volverá a pasar.
Guardaron silencio tras oír al búho en sus últimos instantes de vida.
-Será mejor que nos vayamos, o nos comerá a nosotros también.
-Aunque me cueste decirlo, apoyo a Óscar.- dijo la chica.
-En ese caso, nos iremos. Son dos contra uno.
-¿Pero tú quieres seguir aquí?- preguntó su amigo.
-Sí. Hemos llegado demasiado lejos para volver atrás ahora.
-Pero ya sabemos lo que hace: mata pájaros.-contestó la niña.
-Sí, pero ¿para qué?
-Mi padre caza pájaros para comerlos, no es nada mágico.-apuntó Óscar.
-¿Y el dulzor? ¿Y las risas malvadas?-insistía Lemin.
-Le pondrá azúcar o miel. Y las risas, pues estará loco, como pasa tanto tiempo solo… mis padres dicen eso.-alegó Susana.
-Sea lo que sea, nos iremos sin estar seguros de nada.-argumentó Lemin, triste por la decisión de sus amigos.
Cuando iban saliendo, oyeron algo caer en la parte trasera de la casa. Los chicos se acercaron con mucha cautela y, guardando un poco de miedo cada uno de ellos en silencio.
Al llegar vieron que lo que había tirado el brujo desde lo alto era el búho, muerto y sin ojos.
-No parece que se lo haya comido, Óscar.- expresó Lemin, triunfante de tener razón en que allí pasaba algo raro.
-Cierto ¿y para qué crees que le arrancó los ojos?
-Eso quiero averiguar.
-¿Habéis visto esto?- llamó la atención Susana.- también hay restos de animales por aquí.
-Un cuerpo de gorila sin cabeza, un caballo sin cola, una jirafa sin orejas, y una cabeza de oso.- aclaró Lemin.
-Sí que tenía hambre ese brujo.- añadió el otro niño, entre broma y miedo.
Entonces un rugido resonó con fuerza, y después, las risas malvadas del brujo otra vez.
-¡¡¡LO CONSEGUÍ!!!-se escuchó desde lo alto.
-Lemin, por favor, vámonos de aquí. Ese rugido fue muy fuerte.-rogó Óscar a su amigo.
-Sí, será lo mejor. Volvamos a casa. Esto es peligroso.-replicó la joven.
-Está bien.-aceptó Lemin de mala gana.
Cuando ya se habían alejado un par de kilómetros, Lemin volvió su vista atrás para ver la casa de la colina una vez más. Algo le intrigaba sin compasión, y le provocaba una necesidad absoluta de tener que ir de nuevo allí en días cercanos.
-Lemin, acábate esa leche o no te levantarás de tu silla.- le regañaba su madre. Era la cena del día siguiente. Lemin estaba triste por no saber lo que el brujo tramaba. El niño revolvía la leche, con sus pensamientos en la casa de la colina.
-No te lo pienso repetir.- pero antes de que el niño pudiera contestar, se escucharon los gritos del gentío en la calle, mezclados con unos rugidos que le sonaban familiares a Lemin. Así que salió como una bala a mirar por la ventana, al mismo tiempo que su madre le gritaba que se escondieran en la despensa. Pero el joven desoyó las órdenes de su madre y abrió la puerta, salió a la calle, y vio a aquel monstruo extraño corriendo detrás de la gente, con un barril en los brazos. Lemin pudo resolver hasta cierto punto el misterio: era un engendro con cabeza de gorila, cuerpo de oso, orejas de jirafa, cola de caballo y, atando cabos, adivinó que los ojos serían los del búho; lo que le dotaba de una buena vista nocturna.
Al rato todo se tranquilizó, el monstruo se marchó de vuelta a la casa del brujo con el barril en su regazo. Nadie había resultado herido, y todo quedó en un susto.
Al día siguiente en el colegio:
-Aquello era lo que el brujo estaba creando: un monstruo.
-Exacto, Óscar. Para eso quería a los animales.- explicó Lemin.
-La gente está muy asustada.-indicó Susana.
-Sí, pero todavía quedan cosas por resolver.
-¿Como qué, Lemin?-quiso saber la muchacha.
-El monstruo no hizo daño a nadie, sólo se llevó un barril.
-Es verdad,- dijo Óscar pensativo. -por lo que sé, estaba lleno de vinagre.
-¿Vinagre?- quedó extrañado, Lemin.
-¿Recordáis el olor dulce de hace unos días?- preguntó la chica. -es todo lo contrario al vinagre.
-¿Creéis que intenta hacer otro monstruo? ¿o usa este para robar al pueblo?- preguntó Lemin.
-Sea lo que sea, quiero averiguarlo.- concluyó Óscar.
A Lemin se le había iluminado el rostro de alegría. Y Susana, con cara de pocos amigos, dedicó su aportación:
-No pensaréis que os voy a dejar solos, no sobreviviríais sin mí.
-Claro que no- dijo Lemin entre risas.-ven también con nosotros.
Esa misma tarde-noche, se reunieron en una zona céntrica del poblado. Y con más miedo que cautela, salieron corriendo hacia el bosque para que nadie los enviara de vuelta a casa. Ya que los campesinos se habían echado a la calle con antorchas, picos, alguna que otra espada, y bastantes hachas.
-¡Fuego a la bestia! ¡Acabar con el monstruo!- gritaban los hombres mientras marchaban a la casa de la colina.
Cuando los chicos volvieron a salir del bosque, algo adelantados a la multitudinaria marcha de los aldeanos:
-Debemos saber todo lo que pasa en esa casa antes de que lleguen.
-Creo que no será necesario Lemin, ahí viene ese monstruo.
-¡Y viene directo a nosotros!- gritó la chica.
Los niños corrieron hacia los hombres que venían a por la bestia, pero aun estaban muy rezagados.
Sin embargo, Lemin no huyó con sus amigos. En un intento por salvarlos hizo un acto de valentía, llamó a la criatura y se adentró en el espeso bosque. El resultado fue bueno, ya que el monstruo le siguió.
Tras un tiempo corriendo, Lemin tropezó y se cayó en una fosa abandonada. El recién creado animal se quedó quieto en el borde del agujero donde el niño se había precipitado, mirando con detenimiento.
El chico buscaba con la vista alguna posible salida o solución, pero ya no le daba tiempo de nada. El brazo peludo se iba a apoderar del muchacho, que cerró los ojos asustado, y lo levantó fácilmente para soltarlo a su lado. Lemin abrió los ojos, aún temeroso. Pero pronto se sintió menos amenazado. La bestia le ofreció la mano con la palma tendida hacia arriba. Y el chico, sorprendido, puso la suya encima. Al animal se le adivinó lo que podía ser una sonrisa, estaba contento. Lemin también parecía feliz y fascinado al mismo tiempo, así que terminó abrazándolo; sintiendo los pelos en su cara, los cuales le hacían cosquillas en el oído.
Pero la felicidad no iba a durar demasiado:
-¡Móngar!- era el viejo desde su casa, llamando a su creación para que lo defendiera del numeroso grupo de hombres armados.
-¿Así te llamas?- preguntó Lemin. Y la bestia asintió con la cabeza. -no vayas, por favor. Te matarán.
El animal entristeció, parecía no tener elección, debía proteger a su amo.
-Espera, Móngar. Iré contigo y hablaré con los hombres.
El monstruo agachó el lomo para que el niño subiera, y marcharon al galope hasta la cada de la colina.
-¡Qué haces con ese niño!-le gritó el brujo. -¡Suéltalo!- pero el monstruo se negó.
-¡No tienes derecho a tratar mal a Móngar!- se quejó Lemin.
-¡Tíralo por la ventana, y ataca a esos campesinos!
-¡No, Móngar! No tienes que hacer cosas malas, tú eres bueno.
-¡¡¡Móngar, obedece a tu padre!!!
Pero el animal, pensativo, decidió que le gustaba más tener un amigo antes que un dueño. Cruzó su mirada desafiante con la del brujo y se acercó poco a poco hasta él. Cuando estaban a escasos centímetros uno del otro, Móngar rugió con la boca totalmente abierta, así que el viejo pudo ver en un plano perfecto todos sus grandes dientes. El brujo salió corriendo fuera de allí, acobardado, pero los campesinos lo cogieron y lo amarraron.
Luego salió Lemin, a hombros de Móngar. Los aldeanos alzaron sus armas en claro tono amenazante, pero no atacaron por precaución de no hacer daño al niño, que seguí montado en la bestia.
-¡Vamos a salvarte, Lemin! ¡Tranquilo!- gritó Óscar, escondido detrás de su padre.
-¡No, no le hagáis daño!- vociferó Lemin. -¡Móngar es bueno, es mi amigo!
-¡Bájate de ahí, Lemin! ¡Vuelve con nosotros!- respondió uno de los hombres.
-¡No lo abandonaré, él es bueno! ¡Y ahora es mi amigo!
Óscar y Susana se miraron, confiaban en Lemin, así que salieron corriendo a ver de cerca a Móngar. Los aldeanos no pudieron detenerlos.
-Vamos, acariciadle. No os hará daño.- los tranquilizó.- pero tened cuidado, está unido con caramelo mágico. Es por lo que olía tan dulce.
-Y necesitaba el vinagre para que los bichos no lo molestaran.- encajaba el rompecabezas, su amiga Susana.
-¡Todo encaja!- gritó de alegría, Óscar.
Los niños se abrazaron a él, ante las miradas incrédulas del pueblo.
Fue así cómo Móngar encontraría un hogar amable con él, dos amigos excelentes como Susana y Óscar, y su mejor aliado: Lémin.El caldero hervía a fuego lento en la casa de la colina. El dulzor del interior llegaba a varios kilómetros de distancia, y unas risotadas maléficas llenaban de miedo los oídos del pueblo más cercano. Allí, en la pequeña aldea, vivían: un niño de diez años que se llamaba Lemin, otro de nueve que era Óscar, y la chica, de once años; Susana.
Iban a la escuela como todos los demás. Y esa mañana, en el recreo, el tema del día era la casa de la colina.
-¿Oíste las risas de anoche, Lemin?
-Sí, pude oírlas.- contestó.
-Me dio mucho miedo.- confesó Óscar.
-Vaya un miedica.-le dijo Susana, acercándose a ellos.
-¿Qué creéis que será ese olor tan dulce?-preguntó Lemin.
-¿Estará creando una montaña de chocolate?-fantaseó.
-¿Y ríe maléficamente? Siento destruir tu sueño, Óscar. Pero no creo que sea eso ¿Por qué no vamos a verlo?-sugirió Susana.
-¿Estás loca? Vive un brujo verrugoso.
-A mí me parece buena idea.
-Él sí es valiente, Óscar.-se burlaba la chica.
-Déjame en paz, iré si Lemin va. Nunca dejaría a un amigo solo.
-Gracias, Óscar. Eres el mejor amigo que se puede tener.-se alegró, Lemin.
-A Óscar le gusta Lemin.- se burló la chica en tono cantarín.
-Vale ya, Susana. Déjalo tranquilo y vayámonos a esa casa maldita. Tengo ganas de aventuras.
-La última no salió muy bien que digamos.- mencionó la chica. -aun recuerdo la imagen de tu madre cuando te vio llegar todo lleno de barro.- rió a carcajadas.
-¿Siempre tienes que estar fastidiándolo todo?
-No pasa nada, Óscar. Esta vez saldrá bien.- animó Lemin a sus amigos. -iremos con más cuidado.
Los tres se encaminarían en su aventura, no sin antes acabar todas las clases del día. Porque sabían que estudiar les iba a servir para desenvolverse mejor en los problemas diarios.
-Shhh, no hagas tanto ruido, patosa.- se quejó Óscar, mientras pasaban por debajo de la ventana frontal de la casa del brujo.
-Y tú deja de ir a paso de tortuga.- replicó ella.
-Se llama ir con cuidado.
-Ya vale, callaos los dos, o ese brujo nos zampa.-se quejó Lemin, que iba el último, detrás de Susana.
El olor a dulce cada vez se notaba menos, mientras que la podredumbre aumentaba considerablemente. Abrieron la puerta, despacio.
-Aquí huele a muerto.- masculló Susana, tapándose la nariz.
-Pensaba que ya tenías tu olor asumido.-se reía Óscar.
-Cállate, rata inmunda.- se enfadó ella.
-Dejadlo ya. O sabrá que estamos aquí.- les regañó, Lemin.
-¿Por qué tenía ella que venir con nosotros? ¿No se podía quedar jugando con sus muñequitas?
-¿No recuerdas que te las regalé? Sabía que te iban a hacer ilusión. Más bien es ¿Por qué tenías que venir tú?- contestó la niña.
-Por favor, chicos. Juntos somos más fuertes.-Quiso poner paz, Lemin.
Alguien bajaba las escaleras a pasos desordenados, sin ritmo, como si le costara la vida bajar cada peldaño. Mientras, tarareaba una melodía que no sonaba demasiado bien.
Los niños corrieron a esconderse debajo de las escaleras, y se quedarían muy calladitos.
-¿Dónde estás maldito búho?- dijo el brujo; retirando sillas, calderos, libros, y todo lo que pareciera un escondite.
Un ruido se escuchó debajo de las escaleras. Había sido Lemin, que se había tropezado con una pelotita.
El viejo se encaminó lentamente, sin asustar al pájaro, ya que pensaba que había sido el ave.
-Ya te tengo búho endemoniado.- pero no pudo llegar, porque el pajarraco salió volando desde lo alto de un armario hasta la cara del anciano, con la intención de arañársela. Lo consiguió dos veces, y luego el brujo la atraparía.
-A ti te mataré con más gusto.-amenazó con esa voz carrasposa, mientras volvía por las escaleras.
Los chicos quedaron aliviados al ver que el brujo no los vio.
-Lemin, ten más cuidado. Casi nos pillan.-se quejo Susana.
-Deja de quejarte por todo.-le recriminó Óscar.
-Tranquilo, tiene razón. No volverá a pasar.
Guardaron silencio tras oír al búho en sus últimos instantes de vida.
-Será mejor que nos vayamos, o nos comerá a nosotros también.
-Aunque me cueste decirlo, apoyo a Óscar.- dijo la chica.
-En ese caso, nos iremos. Son dos contra uno.
-¿Pero tú quieres seguir aquí?- preguntó su amigo.
-Sí. Hemos llegado demasiado lejos para volver atrás ahora.
-Pero ya sabemos lo que hace: mata pájaros.-contestó la niña.
-Sí, pero ¿para qué?
-Mi padre caza pájaros para comerlos, no es nada mágico.-apuntó Óscar.
-¿Y el dulzor? ¿Y las risas malvadas?-insistía Lemin.
-Le pondrá azúcar o miel. Y las risas, pues estará loco, como pasa tanto tiempo solo… mis padres dicen eso.-alegó Susana.
-Sea lo que sea, nos iremos sin estar seguros de nada.-argumentó Lemin, triste por la decisión de sus amigos.
Cuando iban saliendo, oyeron algo caer en la parte trasera de la casa. Los chicos se acercaron con mucha cautela y, guardando un poco de miedo cada uno de ellos en silencio.
Al llegar vieron que lo que había tirado el brujo desde lo alto era el búho, muerto y sin ojos.
-No parece que se lo haya comido, Óscar.- expresó Lemin, triunfante de tener razón en que allí pasaba algo raro.
-Cierto ¿y para qué crees que le arrancó los ojos?
-Eso quiero averiguar.
-¿Habéis visto esto?- llamó la atención Susana.- también hay restos de animales por aquí.
-Un cuerpo de gorila sin cabeza, un caballo sin cola, una jirafa sin orejas, y una cabeza de oso.- aclaró Lemin.
-Sí que tenía hambre ese brujo.- añadió el otro niño, entre broma y miedo.
Entonces un rugido resonó con fuerza, y después, las risas malvadas del brujo otra vez.
-¡¡¡LO CONSEGUÍ!!!-se escuchó desde lo alto.
-Lemin, por favor, vámonos de aquí. Ese rugido fue muy fuerte.-rogó Óscar a su amigo.
-Sí, será lo mejor. Volvamos a casa. Esto es peligroso.-replicó la joven.
-Está bien.-aceptó Lemin de mala gana.
Cuando ya se habían alejado un par de kilómetros, Lemin volvió su vista atrás para ver la casa de la colina una vez más. Algo le intrigaba sin compasión, y le provocaba una necesidad absoluta de tener que ir de nuevo allí en días cercanos.
-Lemin, acábate esa leche o no te levantarás de tu silla.- le regañaba su madre. Era la cena del día siguiente. Lemin estaba triste por no saber lo que el brujo tramaba. El niño revolvía la leche, con sus pensamientos en la casa de la colina.
-No te lo pienso repetir.- pero antes de que el niño pudiera contestar, se escucharon los gritos del gentío en la calle, mezclados con unos rugidos que le sonaban familiares a Lemin. Así que salió como una bala a mirar por la ventana, al mismo tiempo que su madre le gritaba que se escondieran en la despensa. Pero el joven desoyó las órdenes de su madre y abrió la puerta, salió a la calle, y vio a aquel monstruo extraño corriendo detrás de la gente, con un barril en los brazos. Lemin pudo resolver hasta cierto punto el misterio: era un engendro con cabeza de gorila, cuerpo de oso, orejas de jirafa, cola de caballo y, atando cabos, adivinó que los ojos serían los del búho; lo que le dotaba de una buena vista nocturna.
Al rato todo se tranquilizó, el monstruo se marchó de vuelta a la casa del brujo con el barril en su regazo. Nadie había resultado herido, y todo quedó en un susto.
Al día siguiente en el colegio:
-Aquello era lo que el brujo estaba creando: un monstruo.
-Exacto, Óscar. Para eso quería a los animales.- explicó Lemin.
-La gente está muy asustada.-indicó Susana.
-Sí, pero todavía quedan cosas por resolver.
-¿Como qué, Lemin?-quiso saber la muchacha.
-El monstruo no hizo daño a nadie, sólo se llevó un barril.
-Es verdad,- dijo Óscar pensativo. -por lo que sé, estaba lleno de vinagre.
-¿Vinagre?- quedó extrañado, Lemin.
-¿Recordáis el olor dulce de hace unos días?- preguntó la chica. -es todo lo contrario al vinagre.
-¿Creéis que intenta hacer otro monstruo? ¿o usa este para robar al pueblo?- preguntó Lemin.
-Sea lo que sea, quiero averiguarlo.- concluyó Óscar.
A Lemin se le había iluminado el rostro de alegría. Y Susana, con cara de pocos amigos, dedicó su aportación:
-No pensaréis que os voy a dejar solos, no sobreviviríais sin mí.
-Claro que no- dijo Lemin entre risas.-ven también con nosotros.
Esa misma tarde-noche, se reunieron en una zona céntrica del poblado. Y con más miedo que cautela, salieron corriendo hacia el bosque para que nadie los enviara de vuelta a casa. Ya que los campesinos se habían echado a la calle con antorchas, picos, alguna que otra espada, y bastantes hachas.
-¡Fuego a la bestia! ¡Acabar con el monstruo!- gritaban los hombres mientras marchaban a la casa de la colina.
Cuando los chicos volvieron a salir del bosque, algo adelantados a la multitudinaria marcha de los aldeanos:
-Debemos saber todo lo que pasa en esa casa antes de que lleguen.
-Creo que no será necesario Lemin, ahí viene ese monstruo.
-¡Y viene directo a nosotros!- gritó la chica.
Los niños corrieron hacia los hombres que venían a por la bestia, pero aun estaban muy rezagados.
Sin embargo, Lemin no huyó con sus amigos. En un intento por salvarlos hizo un acto de valentía, llamó a la criatura y se adentró en el espeso bosque. El resultado fue bueno, ya que el monstruo le siguió.
Tras un tiempo corriendo, Lemin tropezó y se cayó en una fosa abandonada. El recién creado animal se quedó quieto en el borde del agujero donde el niño se había precipitado, mirando con detenimiento.
El chico buscaba con la vista alguna posible salida o solución, pero ya no le daba tiempo de nada. El brazo peludo se iba a apoderar del muchacho, que cerró los ojos asustado, y lo levantó fácilmente para soltarlo a su lado. Lemin abrió los ojos, aún temeroso. Pero pronto se sintió menos amenazado. La bestia le ofreció la mano con la palma tendida hacia arriba. Y el chico, sorprendido, puso la suya encima. Al animal se le adivinó lo que podía ser una sonrisa, estaba contento. Lemin también parecía feliz y fascinado al mismo tiempo, así que terminó abrazándolo; sintiendo los pelos en su cara, los cuales le hacían cosquillas en el oído.
Pero la felicidad no iba a durar demasiado:
-¡Móngar!- era el viejo desde su casa, llamando a su creación para que lo defendiera del numeroso grupo de hombres armados.
-¿Así te llamas?- preguntó Lemin. Y la bestia asintió con la cabeza. -no vayas, por favor. Te matarán.
El animal entristeció, parecía no tener elección, debía proteger a su amo.
-Espera, Móngar. Iré contigo y hablaré con los hombres.
El monstruo agachó el lomo para que el niño subiera, y marcharon al galope hasta la cada de la colina.
-¡Qué haces con ese niño!-le gritó el brujo. -¡Suéltalo!- pero el monstruo se negó.
-¡No tienes derecho a tratar mal a Móngar!- se quejó Lemin.
-¡Tíralo por la ventana, y ataca a esos campesinos!
-¡No, Móngar! No tienes que hacer cosas malas, tú eres bueno.
-¡¡¡Móngar, obedece a tu padre!!!
Pero el animal, pensativo, decidió que le gustaba más tener un amigo antes que un dueño. Cruzó su mirada desafiante con la del brujo y se acercó poco a poco hasta él. Cuando estaban a escasos centímetros uno del otro, Móngar rugió con la boca totalmente abierta, así que el viejo pudo ver en un plano perfecto todos sus grandes dientes. El brujo salió corriendo fuera de allí, acobardado, pero los campesinos lo cogieron y lo amarraron.
Luego salió Lemin, a hombros de Móngar. Los aldeanos alzaron sus armas en claro tono amenazante, pero no atacaron por precaución de no hacer daño al niño, que seguí montado en la bestia.
-¡Vamos a salvarte, Lemin! ¡Tranquilo!- gritó Óscar, escondido detrás de su padre.
-¡No, no le hagáis daño!- vociferó Lemin. -¡Móngar es bueno, es mi amigo!
-¡Bájate de ahí, Lemin! ¡Vuelve con nosotros!- respondió uno de los hombres.
-¡No lo abandonaré, él es bueno! ¡Y ahora es mi amigo!
Óscar y Susana se miraron, confiaban en Lemin, así que salieron corriendo a ver de cerca a Móngar. Los aldeanos no pudieron detenerlos.
-Vamos, acariciadle. No os hará daño.- los tranquilizó.- pero tened cuidado, está unido con caramelo mágico. Es por lo que olía tan dulce.
-Y necesitaba el vinagre para que los bichos no lo molestaran.- encajaba el rompecabezas, su amiga Susana.
-¡Todo encaja!- gritó de alegría, Óscar.
Los niños se abrazaron a él, ante las miradas incrédulas del pueblo.
Fue así cómo Móngar encontraría un hogar amable con él, dos amigos excelentes como Susana y Óscar, y su mejor aliado: Lémin. //.
Cuando acabó de contar el cuento, Nagini y su hermana Shibari, fueron liberados.