La adorable infancia de una familia uchiha.

Ubicado cerca del país de los pantanos, es un país con bellos parajes naturales y paisajes indescriptibles para los pintores.

La adorable infancia de una familia uchiha.

Notapor Uchiha Nagini » 16 Feb 2012, 02:15

La Isla de las Ilusiones, así se empeñaba la madre de los pequeñuelos Nagini y Shibari en llamar al lugar donde vivían, el ambigüamente denominado País de los Demonios, ya que la mayoría eran verdes praderas y paisajes hermosos llenos de vida y candor -aunque su padre la secundaba servicialmente, eran una familia feliz donde todos se llevaban muy bien- . A decir verdad existían dos zonas muy peligrosas, una más que la otra; ambas, lugares totalmente prohibidos a los dos jóvenes uchihas, por lo que el nombre gana su significado de manera correcta.

Los niños, gemelos de 6 años, mantenían un aura de curiosidad eterna en torno aquella Isla Maldita del norte, pero sabían que el sur estaba más cerca, donde también un lugar los instaba a saltarse las reglas parentales. Ese emplazamiento era un cementerio de grandes bestias siempre dispuestas para ser visitadas por la curiosidad de los incautos, especialmente si son niños con demasiada inocencia como para pensar siquiera en huir, ya que ni para eso les daba la sensatez cuando se les había ocurrido desobedecer a sus padres. La culpa, seguramente, del travieso Nagini.

-Padre y madre se enfadarán si no llegamos pronto de jugar, Nagi.-decía una preocupada Shibari, que lo agarraba del brazo para intentar que no fuera a aquel sitio tan alejado.
-No pasará nada, Shiba. Regresaremos a tiempo, te lo prometo.-siempre la conquistaba con una sonrisa de su boca, y esa seguridad innata, era todo un aventurero.-¿vienes conmigo?
Ella nunca podía resistirse a su adorado hermano, lo quería con locura, e incluso se recortaba el pelo para parecerse más a él, ya que ella era un poco asustadiza. Pero nunca dejaría sólo a Nagini, jamás. Así que ambos partieron hacia el sur, donde Bochi Hiki se alzaba como una trampa mortal para la andanza que ya estaba en marcha de los dos jóvenes mozuelos.

Pasadas varias horas las nubes se arremolinaban poco a poco en el cielo, cubriendo con su manto el cada vez más oscuro azul celeste que iba desapareciendo. El aire mecía los cabellos de los uchihas, y Nagini se sacó el abrigo que llevaba para prestárselo a Shibari.

-No te preocupes hermanita, todo saldrá bien.- la animaba con su eterna sonrisa. Ella, como respuesta, se aferró a su brazo para continuar bien pegada a él.

El camino se les hizo un poco largo, pero la distancia que los separaba de aquella zona tétrica no era precisamente algo descomunal. Pero ya se hacía tarde cuando llegaron. La noche estaba cayendo, y aunque las nubes no quisieron que las estrellas brillasen, esos puntitos lumínicos debían estar ya allá arriba, resplandecientes más allá del negro manto que ahora, le había dado por llorar; nubes caprichosas.

-Nagini, vámonos de aquí. Padre y madre estarán preocupados, y esta vez nos arrestarán severamente.
-Venga, Shiba. Ya estamos aquí, sólo un poco más. El arresto ya no nos lo quita nadie ¿no? así que mejor aprovechar un poco más.

Él siempre se salía con la suya. Y ambos entraron en aquel horripilante cementerio.
-Vaya, mira que huesos tan grandes. ¡Dentro de esas costillas entraría una villa entera!
-Vamos, Nagini. Por favor, vámonos ya. Esto no me gusta ni un pelo.

Entonces sonó un ruido, y los chicos se agarraron con fuerza. Algo volvió a crujir, parecía como si algún hueso se estuviera quebrando. Ahora otra vez. Los niños iban retrocediendo mientras miraban en la dirección de los ruidos. Un estruendo más grande hizo salir hacia los uchiha una bestia algo famélica, pero bastante grande. Y según la baba que le caía de manera asquerosa, se podía adivinar que tenía mucha hambre. Así que los jóvenes corrieron pero justo detrás había una pequeña loma que los hizo revolcarse hasta llegar al fondo, donde la vegetación era más espesa. Todo estaba oscuro, los niños de rodillas en medio de un pequeño claro, con todo rodeado de espesura vegetal, y en completa oscuridad. Se oían más pasos, y decenas de ojos amarillos con pupila felina miraban fíjamente hacia los desfavorecidos pequeños. Volvieron a retroceder en dirección contraria a los ojos, pero detrás también se escuchó algo, y más ojos brillaron en la oscuridad, esta vez eran rojos. Los dos hermanos quedaron inmóviles, muy asustados, con las cabezas en el hombro del otro. Y de ambos lados se avalanzaron contra ellos. Los niños cerraron los ojos, dándose por muertos. Pero no fue eso lo que ocurrió. Al cabo de un rato, miraron en dirección a donde se había librado el combate. Las bestias yacían muertas a un lado, y al otro, su padre los había librado de una muerte más que segura.

-Os dije que nunca, jamás, pisárais estas tierras. Ahora vámonos antes de que aparezca algo peor.- Estaba bastante enfadado, y los niños nunca lo habían visto de esta forma, por lo que era algo bien serio el asunto. Hizo una señal, y un reducido grupo de ninjas que lo escoltaron se fueron de allí, al igual que ellos tres.

Estuvieron más de un mes castigados, con la constante vigilancia de su padre.
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Notapor Uchiha Shibari » 16 Feb 2012, 23:59

Aún después de un mes de castigo, los pequeños no parecían tener suficiente. Mientras estaban en su habitación, hablaban constantemente de lo que habían visto aquella oscura noche. Bueno, al menos uno de ellos parecía emocionado. Otra, más precavida, no quería sacar el tema ni por todo el chocolate del mundo.

-¡Nagi! ¡Déjalo ya, jo! Me estás asustando otra vez... -decía la pequeña intentando hacer entrar en razón a su hermano mientras este daba vueltas a su alrededor con las manos levantadas y el keikogi sobre su cabeza a modo de capucha.

-Vamos, Shiba. No seas miedica. Sabes que nunca dejaría que te pasara nada, ¿verdad? -respondió su hermano con aquella eterna sonrisa en sus labios.

Su hermana asintió mirando hacia él de reojo jugando con uno de sus mechones de cabello oscuro. No sabía como pero siempre se sentía segura con él. Si estaba con Nagini, no había nada en el universo que pudieran pararles. Claro, hasta que habían estado los dos agarrados temblando ante una jauría de hambrientas bestias. Desde aquella noche, sentían la mirada de su padre, inquisitivo en sus espaldas prácticamente todo el tiempo.

Las estaciones pasaban como si volasen mientras los dos hermanos crecían sanos y fuertes cada uno en su propio campo. Pronto, se habría cumplido un año desde la primera incursión de los hermanos a aquel cementerio. Alguna que otra vez, Shibari había sorprendido a Nagini rebuscando entre los pergaminos de sus padres, deseoso de saber más y más de la Isla Maldita, centro de todas sus alocadas y peligrosas fantasías.

-¡Shiba lo he encontrado! He encontrado el pergamino que habla sobre la Isla Maldita! -decía el pequeño en una especie de grito susurrado de pura emoción. Con cuidado, sacando la lengua por un lateral de su boca para entrar en máxima concentración, tiró de uno de los pequeños cabos que mantenían aquel pergamino cerrado. -Quédate ahí. No vaya a ser que padre venga. Si nos encontrase aquí estaríamos castigados durante un año entero. Seguro -sentenció Nagi instando a su hermana a que se mantuviera vigilante.

Shiba asintió quedándose acuclillada con la puerta entreabierta para poder ver si alguien se acercaba por el pasillo. Se mordió el labio inferior algo asustada. No quería ver a su padre enfadado de nuevo y por encima de todo no quería que le dijera nada a su madre. Nagi, mientras su gemela mantenía la guardia, deslizaba sus ojos por el pergamino con rapidez bebiendo toda la información que había en ella. Había algunos kanji que no llegaba a comprender del todo pero se aseguraría de memorizarlos para poder estudiarlo luego. Seguramente se le ocurriría alguna forma de sacarlo en una conversación cuando su madre les estuviera enseñando caligrafía.


-¡Tsch, Nagi! ¡Corre, que viene! -avisó la pelinegra haciendo que el otro guardase el pergamino con cuidado pero de forma especialmente apresurada.

Antes de que su padre terminase de girar la esquina, ambos habían salido por la ventana opuesta a donde estaba la puerta, agachados, con sus espaldas pegadas a la pared y los ojos cerrados. Se cogieron de la mano y esperaron a que los pasos se hubieran marchado. Hasta habían mantenido la respiración rezando a todos los dioses y criaturas que conocían por que no les descubrieran. Suspiraron profundamente y salieron corriendo hacia la seguridad de su habitación. Una vez dentro, se metieron en la cama como dos niños buenos fingiendo no haberse movido de allí en lo que llevaban de noche.


-¿Qué has leído? ¿Es interesante? -interrogó en un susurro sacando la cabeza apenas por encima de las mantas. Aquella noche habían puesto sus futones más cerca de lo normal para poder tener aquella tertulia nocturna.

-¡Oh, Shiba era genial! Me hubiera gustado que lo hubieras visto. Era un mapa de la zona con algunas descripciones de localizaciones marcadas. Parecía todo tan extremadamente detallado... Espero poder volver a coger el pergamino mañana. Así podría ir haciendo una copia para poder estudiarlo mejor -respondió el peliblanco sabiendo que su hermana tendría que estar ahí para ayudarle. Shibari suspiró y asintió cerrando los ojos para una larga noche de sueño.

A tarde siguiente, los dos pequeños volvieron a preparar la misma treta, ahora sabiendo que su padre no estaba porque llevaba todo el día fuera. Llegaron a la sala, entraron despacio y de puntillas quedándose la pequeña en la puerta como la noche anterior y él buscando el pergamino de nuevo. Tras unos minutos los dos se miraron, Nagi encogiéndose de hombros. El pergamino ya no estaba ahí. Ni volvieron a encontrarlo por ninguna parte.
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Notapor Uchiha Nagini » 18 Feb 2012, 04:02

El invierno fue un duro adversario en aquel año. Se cobró la vida de Yamada, la madre de los dos hermanos gemelos, que consternados no volvieron a salir de su dormitorio en bastantes días desde la tragedia. Tenían 10 años y el infierno blanco que estaba asolando la aldea había sido el inicio de una rueda de acontecimientos no muy agradables. El sepelio se llevaría a cabo dentro de una cabañita de madera que habían construido, llena de velas en su interior, para evocar al calor que le hacía falta en vida. Y en el centro de la tumba, los tres familiares le dejaron un presente cada uno:
Shibari depositó un gancho para el pelo de marfil en forma de mariposa, su marido colocó una pequeña figura de “Amaterasu Ō-Mikami “ para que le diera calor allá donde fuera, y Nagini puso una vela dentro de un tocón de madera donde estaba tallada la cara de su madre. El muchacho se arrodilló y lloró apoyado sobra la tumba, con su cara escondida entre sus brazos. Shibari y su padre hicieron lo propio, flanqueando a Nagini para acompañarlo en el sentimiento que era de todos.

Su padre no era muy dado a manifestar abiertamente los sentimientos, tarea que se había encomendado siempre a Yamada. Así que los niños tuvieron que reponerse por ellos mismos, aunque su padre lo intentara muy a su manera, siempre terminaban todos abrazados sin mediar palabra, con ríos de lágrimas bañando las mejillas de la familia recién acotada en tres miembros.

Pero Nagini, cansado de la represión sentimental y el agobio de sujetar su ira, se colocó su abrigo más pesado y salió a la nieve para desafiarla. Y claro, Shibari no quería dejarlo sólo, por lo que lo acompañó en su andanza para que no le pasara nada.

-¡Nagini, a dónde vas! ¡La ola de frío aún no ha cesado!
-Ni cesará en una buena temporada, ¿quieres que nos quedemos comiendo arroz y algas rancias hasta que este frío decida terminar con nosotros como terminó con madre?- contestó pasivo, casi sin mostrar expresión alguna.
-Na...gini...- su hermana se asustó, ya que no lo había visto tan serio nunca.
-Eres fuerte, Shibari. Si vienes conmigo, no te pasará nada.- entonces giró su rostro y le ofreció su mano para que lo acompañara, y para sorpresa de la niña, había vuelto esa sonrisa perenne del muchacho. -iremos de caza.
-Pero...¿y padre?- preguntó ella, cogiendo la mano de su hermano.
-Él comerá carne después de bastante tiempo, eso alegrará su rostro.
-No creo que después de lo de madre, padre vuelva a intentar sonreír nunca más...-le respondió con tristeza, agachando su mirada.
-Shiba, tenemos que valernos por nosotros mismos. Padre está muy abatido, y posiblemente no lo vaya a superar.- Nagini comenzaba a enlazar maquinaciones en su mente, quien sabe si con mejores o peores intenciones.-nuestra supervivencia, Shiba, debemos adquirir coraje mental. En dos años podremos entrar en la academia de kunoichis, pero nuestro entrenamiento hace tiempo que empezó. Sin embargo, nuestra mente debe ser entrenada de la misma forma. Las cosas pasan por algo, Shibari, nada es casualidad. Debemos ser fuertes, valientes, y forjar nuestro camino con las puertas que se nos presentan; hay que elegir abrir las adecuadas y no quedarse rezagados. Es la única manera de sobrevivir.

A Nagini se le adivinada un brillo misterioso en sus ojos, y nada tenía que ver el sharingan en aquella mirada de altiva frialdad.

-Nagini, ya ni tu sonrisa es la misma. Me estás dando miedo.-los ojos de Shibari reflejaban el miedo y la incertidumbre de la preocupación. Ella temblaba como la llama de fuego anclada en el hilo de una vela, y como tal, sus ganas de seguir a su hermano se consumían, sólo una brisa de viento y el ánimo de la joven se desvanecería como el fuego de la vela. Pero la brisa no llegó, ya que Nagini le cerró las puertas. Agarró a su hermana por los hombros y siguió hablándole.

-Shibari, la niñez hay que dejarla atrás. La inocencia hace años que la perdimos. Este mundo se desvanece para los débiles que ya no tienen cómo sostener a sus familias, y debemos alejarnos de ese camino. Nosotros no somos así, nosotros seremos grandes ninjas que cuidaremos siempre el uno del otro.
-¿Sie...siempre?
-Siempre.- repitió. Luego sonrió, y esta vez su sonrisa era como la de años atrás.Y la abrazó.
-¿Entonces, nos vamos de caza?- su voz, débil aún, pero ya había dejado de ser temblorosa. Parecía asimilar las palabras de Nagini, y estaba dispuesta a hacerle caso.
-Sí, hermanita. Nos vamos de caza.- sus ojos eran casi tan fríos como aquel temporal que había terminado con la vida de su madre.

Ese día llevaron a casa tres conejos muy flacos, y un ciervo grande, pero también famélico. La nieve era un mal común para todos los seres vivos. Pero al menos tenían algo de carne que echarse a la boca, por poca que fuese.
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Notapor Uchiha Shibari » 01 Mar 2012, 04:19

La muerte de su madre les había dado fuerte pero con el tiempo se repusieron de la pérdida con el trabajo duro. Su padre nunca había sido muy ducho en mostrar sus sentimientos y afecto por los pequeños pero tanto Shibari como Nagini sabía que los quería por encima de todo y que haría cualquier cosa por ellos. Los días pasaban ambos pequeños empezaban a mostrar más habilidad para cierto tipo de actividades. Shibari se pasaba el día corriendo de un lugar para otro, practicando el sigilo mientras Nagini se esforzaba de forma más intelectual y estratégica. Eran un buen equipo. Compenetrados de una forma que ya quisieran la mayoría de los guerreros en los campos de batalla. Había una fe ciega en el otro que hacía que sus movimientos estuvieran precisos hasta el extremo. Después de todo, tarde o temprano serían grandes shinobis como su padre.

Las costumbres de la isla eran conocidos por todos. Rituales y tributos que se hacían cada año para favorecer buenas cosechas y apaciguar las iras de los demonios y dioses que habitaban la isla. Los dos hermanos los habían visto desde pequeños, fascinados por las máscaras y los coloridos oscuros pero preciosos de los atuendos de los sacerdotes. Alguna que otra vez, Shibari había querido participar en ellos suplicando a su padre que la permitiera pero negaba con la cabeza y la conversación se terminaba ahí.


-Ne, Nagi... ¿Por qué crees que padre no me deja participar en las ceremonias? Hay chicas que ayudan a los sacerdotes. Yo también quiero. Madre lo hacía en el festival de invierno... -decía la chica enfurruñada tirada sobre el suelo mirando a su hermano que tenía otro pergamino antiguo entre las manos.

-Si no te deja, por algo será Shiba. No seas impaciente, sabes que lo hace por nuestro bien. Seguramente el año que viene te dejará -respondió su hermano apaciguando el ánimo de su hermana con facilidad.

Ésta suspiró profundamente y se giró sobre sí misma colocando las manos detrás de su cabeza a modo de almohada. Los ánimos no habían sido los mismos en aquella casa desde la muerte de su madre. A veces se sentía algo sola, sin poder hablar de cosas de chicas con nadie. Su padre no aguantaría ese tipo de conversación y Nagi... había algunas cosas que no podía hablar con él. Al menos, sin estar como un tomate todo el tiempo.

Aquella primavera, recién cumplidos dos 11 años sería cuando el cuerpo de la pequeña dijera que era hora de madurar. Completamente histérica, sin saber qué hacer se había despertado una mañana con su futón completamente manchado de sangre. Se levantó antes del alba, sin que su hermano se despertase y lo lavó lo más rápidamente que pudo conteniendo lágrimas asustadas que terminaban por brotar de sus ojos. Estaba tan asustada y tan avergonzada que no se atrevía siquiera a preguntar qué era lo que había pasado. No sabía lo que estaba pasando y no sabía quién preguntarle.


-No te preocupes Shibari. Es algo normal -dijo la voz de su padre a su espalda. La niña se quedó completamente quieta para luego limpiar sus lágrimas con la manga de su yukata antes de girarse a mirar a su progenitor. -Ahora eres toda una mujer. Me gustaría que hubiera estado tu madre, pequeña. Todo sería mucho más sencillo -suspiró separando los brazos dejando que la niña se abrazase a él con todas sus fuerzas desahogándose. Su abrazo era tosco y se notaba que no estaba acostumbrado a ello pero sus manos sobre su espalda la relajaron hasta que terminó de soltar todo el miedo que tenía en su interior. Ninguno de los dos habló del tema a partir de aquel día. Shibari aprendió lo que necesitaba de sus cambios hormonales de una de sus vecinas y simplemente siguió con su vida normalmente.

Lamentablemente, las cosas no volverían a ser lo mismo a partir de aquel momento. Algo a lo que los pequeños eran totalmente ajenos era uno de los rituales más oscuros y más tenebrosos que había en aquella isla. El sacrificio a Oyashiro-sama durante el festival del Watanagashi.

Para los niños, el Watanagashi era un festival que se organizaba todos los años con juegos, ofrendas a Oyashiro-sama y buenos deseos. Solían ir con unos barquitos de papel que preparaban las noches antes con sus deseos para el año venidero. Era una tradición muy bonita que esperaban los pequeños con gran ilusión pero pocos sabían de lo que en realidad traía la buenaventura a la isla año tras año. Ese año, el festival iba a ser bien distinto para los pequeños Uchiha.

Como siempre, ambos se preparaban con sus barquitos de papel escritos con caligrafía cuidada, ayudados por su padre. Era el primer festival que pasaban sin su madre pero no por ello iban a dejar que eso les impidiera divertirse. Ella lo habría querido así. Pero aquel año la cosa sería bien diferente. Sin una sola palabra, varios hombres entraron en la casa cogiendo a ambos niños. A pesar de sus gritos de auxilio nadie les ayudó dejándolos dormidos con una droga en pocos segundos.

Los pequeños despertaron en una sala que no conocían, rodeados de gente embuchados en ropajes oscuros que recordaban a una versión más siniestra de las ropas que llevaban los sacerdotes de los ritos. Shibari se encontraba atada en una mesa bocabajo con la parte superior de su torso al descubierto mientras Nagini estaba atado a un pilar justo delante de su hermana. Ambos amordazados sin poder moverse. En el momento en el que los niños tuvieron algo de conciencia de lo que pasaba a su alrededor empezaron a removerse para soltarse de sus ataduras intentando pedir auxilio. La niña miraba a su hermano con lágrimas cayendo por sus mejillas aterrorizada sin saber qué estaba pasando.

Las voces de varios de los ancianos de la aldea se escucharon bajo las capuchas en cánticos profundos y oscuros. Al lado de su hermano, en la oscuridad, un hombre de ojos rojos la miraba fijamente como si le ordenara con ese simple gesto que se callara. Bajo aquellos orbes carmesíes no osaba siquiera respirar. Nagini, atado a aquella columna lo veía todo desde otro punto de vista. Sus ojos oscuros se habían abierto segundos antes de que Shibari soltara un grito, ahogado por la mordaza. Sobre su espalda, al descubierto se deslizaba lo que parecían unas agujas extremadamente largas. Ninguno podía hacer absolutamente nada. Aquella impotencia empezaba a calar en sus mentes sin poder resistirse a aquello que estaba pasando. Todo era tan extraño. Pero, ¿dónde estaba su padre? ¿Es que nadie iba a ayudarles?

La sangre brotaba de la espalda de la chiquilla mientras esta luchaba contra sus ataduras tirando de ellas y pataleando encima de la mesa. Para evitar que se siguiera moviendo cuatro de los hombres que estaban allí la apretaron contra la madera y otro más la cabeza ocultándola de la vista de su hermano que se debatía en intentar ayudarla. No podía hacer nada, era aún pequeño aunque eso no quería decir que no lo intentase. Las cuerdas empezaban a clavarse en su piel rascándola hasta que le hicieron daño. Seguramente aquellas marcas no desaparecerían solo en un par de días.

Pronto, el dolor dejaría a Shibari fuera de combate desmayándose sobre la mesa en mitad de aquel extraño ritual. Nagini seguía intentando removerse a pesar de que sintiera los pinchazos de dolor cada vez más intensamente. El hombre que estaba a su lado, se giró entonces para mirarle directamente con aquellos ojos rojos hipnotizadores.


-No lo hagas más difícil, Nagini. Tu hermana ha sido elegida como una de las doncellas de Oyashiro-sama -dijo una voz profunda y cortante que reconoció al instante. Su padre le tenía cogido por el mentón mirándole fijamente para que lo dejase estar. El niño no entendía lo que estaba pasando. ¿Cómo podía decir que aquello era un honor si la estaba haciendo llorar? Le dolía, era obvio. ¿Por qué no hacía que parasen lo que fuera que le estaban haciendo?

Cuando terminó el ritual, ambos quedaron de nuevo fuera de combate. Los días siguientes ni los pequeños ni su padre habló del tema a pesar de que la niña tuviera que quedarse durante dos semanas postrada en cama para que su espalda se curase. A partir de aquel día llevaría la imagen de aquel demonio en su espalda.

Pero las cosas se sentían bastante diferentes ahora en aquella oscura y silenciosa casa. Cada vez más, el ambiente general del país de los demonios se hacía más patente en las vidas de los pequeños Uchiha. No sabían hasta qué punto.
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Notapor Uchiha Nagini » 01 Mar 2012, 15:11

Los once años ya acompañaban en la vida de los dos jóvenes aspirantes a kunoichis. Tiempo, sudor de mucho entrenamiento, y una nostalgia imborrable tras la desafortunada desaparición de este mundo de la bella Yamada, madre de los chicos, y mujer a la que no olvidarían nunca. Tanto así que...

...una de las escapadas famosas de Nagini y Shibari, acabó, como casi siempre, en una aventura sin un retorno a tiempo. Esa incursión incurrió en el interior de la jungla de la isla. Las ranas y cigarras arrullaban con su sonido todo el rato, cada insecto era molesto, era un lugar muy húmedo y por lo tanto nada iba a resultar agradable más que la sensación de libertad y aventura. También, a favor tenían el poder practicar sus técnicas contra bichos voladores a los que desintegraban para adquirir experiencia en el combate, algo, que en el caso de las avispas, era un error a considerar debido a que éstas se congregaban en grupos cuando se veían amenazadas. El miedo a los cocodrilos que acechaban desde las orillas del río y los pequeños lagos que se formaban por las lluvias era constante.
El ocaso se cernía y la noche era ya la inmensa vigilante de la selva. Los dos chicos sólo corrían y corrían buscando el lugar de regreso pero se habían desorientado por un tiempo. Al final lograron saber el camino de regreso pero, las cosas más complicadas no estaban más que apunto de empezar.

Corrían y corrían pisando varios centímetros en el fondo de fango, lo cual era un buen entrenamiento de fuerza aunque ese no fuese el cometido de los muchachos. Cayeron de bruces en una trampa tan común como impredecible (y más cuando la lluvia hacía aún más confusa la nitidez de la noche); y quedaron colgados por los pies. Una mala noche la tiene cualquiera, pero esto no presagiaba nada bueno en absoluto. El torrencial lluvioso se metía por los agujeros de la nariz, y el peso de la ropa hacía que el lazo que rodeaba los pies fuera más dañino.

Al cabo de un rato, unos pasos se podían oír por encima del sonido de la lluvia, las ranas, los grillos, etc. Y no eran de una o dos personas, sino que parecían ser más de una decena. A medida que se iban acercando notaron que eran niños como ellos, pero varios años más jóvenes. Ataviados con claros signos guerrilleros, como si fueran alguna especie de división joven de la lucha e independiente.
Los llevaron a su guarida secreta con los ojos vendados, y atados de pies y manos (con una ligera separación en los pies para que pudieran andar mínimamente).
-¡Soltadnos, malditos cabrones!-gritó Nagini. Pero estaba sujeto por un gran número de pequeñas “comadrejas” que no lo soltaban ni a él ni a su hermana Shibari.
-¡Cállate, niño de mamá!-gritó uno de los niños salvajes, golpeando la cara de Nagini.
-¡No volváis a referiros a mi madre jamás, insectos! ¡Ella ya no está en este mundo!
Los niños quedaron en silencio, en blanco. Y en seguida soltaron a los hermanos.
-Entonces...¿sois como nosotros?-preguntó el que parecía ser el líder.
-¿A qué te refieres?- preguntó Nagini.
-Que si vivís solos, sin padres.
-No, nuestro padre vive...-respondió Shibari, en esta ocasión.
-Nosotros perdimos nuestras familias en una batalla que hubo hace años, nunca tuvimos el calor de unos padres en nuestras pieles, nunca nos arroparon, jamás nos contaron cuentos, por eso tenemos esta vida salvaje.
-Yo puedo contaros un cuento que me contaba mi madre, si queréis...-se ofreció Nagini.
-¿De verdad? ¿Nos contarías uno?
-Por supuesto, pero luego nos tendréis que soltar, dejarnos libres.
-Trato hecho, amigos.

Nagini comenzó a narrar:

``// El caldero hervía a fuego lento en la casa de la colina. El dulzor del interior llegaba a varios kilómetros de distancia, y unas risotadas maléficas llenaban de miedo los oídos del pueblo más cercano. Allí, en la pequeña aldea, vivían: un niño de diez años que se llamaba Lemin, otro de nueve que era Óscar, y la chica, de once años; Susana.
Iban a la escuela como todos los demás. Y esa mañana, en el recreo, el tema del día era la casa de la colina.
-¿Oíste las risas de anoche, Lemin?
-Sí, pude oírlas.- contestó.
-Me dio mucho miedo.- confesó Óscar.
-Vaya un miedica.-le dijo Susana, acercándose a ellos.
-¿Qué creéis que será ese olor tan dulce?-preguntó Lemin.
-¿Estará creando una montaña de chocolate?-fantaseó.
-¿Y ríe maléficamente? Siento destruir tu sueño, Óscar. Pero no creo que sea eso ¿Por qué no vamos a verlo?-sugirió Susana.
-¿Estás loca? Vive un brujo verrugoso.
-A mí me parece buena idea.
-Él sí es valiente, Óscar.-se burlaba la chica.
-Déjame en paz, iré si Lemin va. Nunca dejaría a un amigo solo.
-Gracias, Óscar. Eres el mejor amigo que se puede tener.-se alegró, Lemin.
-A Óscar le gusta Lemin.- se burló la chica en tono cantarín.
-Vale ya, Susana. Déjalo tranquilo y vayámonos a esa casa maldita. Tengo ganas de aventuras.
-La última no salió muy bien que digamos.- mencionó la chica. -aun recuerdo la imagen de tu madre cuando te vio llegar todo lleno de barro.- rió a carcajadas.
-¿Siempre tienes que estar fastidiándolo todo?
-No pasa nada, Óscar. Esta vez saldrá bien.- animó Lemin a sus amigos. -iremos con más cuidado.
Los tres se encaminarían en su aventura, no sin antes acabar todas las clases del día. Porque sabían que estudiar les iba a servir para desenvolverse mejor en los problemas diarios.
-Shhh, no hagas tanto ruido, patosa.- se quejó Óscar, mientras pasaban por debajo de la ventana frontal de la casa del brujo.
-Y tú deja de ir a paso de tortuga.- replicó ella.
-Se llama ir con cuidado.
-Ya vale, callaos los dos, o ese brujo nos zampa.-se quejó Lemin, que iba el último, detrás de Susana.
El olor a dulce cada vez se notaba menos, mientras que la podredumbre aumentaba considerablemente. Abrieron la puerta, despacio.
-Aquí huele a muerto.- masculló Susana, tapándose la nariz.
-Pensaba que ya tenías tu olor asumido.-se reía Óscar.
-Cállate, rata inmunda.- se enfadó ella.
-Dejadlo ya. O sabrá que estamos aquí.- les regañó, Lemin.
-¿Por qué tenía ella que venir con nosotros? ¿No se podía quedar jugando con sus muñequitas.
-¿No recuerdas que te las regalé? Sabía que te iban a hacer ilusión. Más bien es ¿Por qué tenías que venir tú?- contestó la niña.
-Por favor, chicos. Juntos somos más fuertes.-Quiso poner paz, Lemin.
Alguien bajaba las escaleras a pasos desordenados, sin ritmo, como si le costara la vida bajar cada peldaño. Mientras, tarareaba una melodía que no sonaba demasiado bien.
Los niños corrieron a esconderse debajo de las escaleras, y se quedarían muy calladitos.
-¿Dónde estás maldito búho?- dijo el brujo; retirando sillas, calderos, libros, y todo lo que pareciera un escondite.
Un ruido se escuchó debajo de las escaleras. Había sido Lemin, que se había tropezado con una pelotita.
El viejo se encaminó lentamente, sin asustar al pájaro, ya que pensaba que había sido el ave.
-Ya te tengo búho endemoniado.- pero no pudo llegar, porque el pajarraco salió volando desde lo alto de un armario hasta la cara del anciano, con la intención de arañársela. Lo consiguió dos veces, y luego el brujo la atraparía.
-A ti te mataré con más gusto.-amenazó con esa voz carrasposa, mientras volvía por las escaleras.
Los chicos quedaron aliviados al ver que el brujo no los vio.
-Lemin, ten más cuidado. Casi nos pillan.-se quejo Susana.
-Deja de quejarte por todo.-le recriminó Óscar.
-Tranquilo, tiene razón. No volverá a pasar.
Guardaron silencio tras oír al búho en sus últimos instantes de vida.
-Será mejor que nos vayamos, o nos comerá a nosotros también.
-Aunque me cueste decirlo, apoyo a Óscar.- dijo la chica.
-En ese caso, nos iremos. Son dos contra uno.
-¿Pero tú quieres seguir aquí?- preguntó su amigo.
-Sí. Hemos llegado demasiado lejos para volver atrás ahora.
-Pero ya sabemos lo que hace: mata pájaros.-contestó la niña.
-Sí, pero ¿para qué?
-Mi padre caza pájaros para comerlos, no es nada mágico.-apuntó Óscar.
-¿Y el dulzor? ¿Y las risas malvadas?-insistía Lemin.
-Le pondrá azúcar o miel. Y las risas, pues estará loco, como pasa tanto tiempo solo… mis padres dicen eso.-alegó Susana.
-Sea lo que sea, nos iremos sin estar seguros de nada.-argumentó Lemin, triste por la decisión de sus amigos.
Cuando iban saliendo, oyeron algo caer en la parte trasera de la casa. Los chicos se acercaron con mucha cautela y, guardando un poco de miedo cada uno de ellos en silencio.
Al llegar vieron que lo que había tirado el brujo desde lo alto era el búho, muerto y sin ojos.
-No parece que se lo haya comido, Óscar.- expresó Lemin, triunfante de tener razón en que allí pasaba algo raro.
-Cierto ¿y para qué crees que le arrancó los ojos?
-Eso quiero averiguar.
-¿Habéis visto esto?- llamó la atención Susana.- también hay restos de animales por aquí.
-Un cuerpo de gorila sin cabeza, un caballo sin cola, una jirafa sin orejas, y una cabeza de oso.- aclaró Lemin.
-Sí que tenía hambre ese brujo.- añadió el otro niño, entre broma y miedo.
Entonces un rugido resonó con fuerza, y después, las risas malvadas del brujo otra vez.
-¡¡¡LO CONSEGUÍ!!!-se escuchó desde lo alto.
-Lemin, por favor, vámonos de aquí. Ese rugido fue muy fuerte.-rogó Óscar a su amigo.
-Sí, será lo mejor. Volvamos a casa. Esto es peligroso.-replicó la joven.
-Está bien.-aceptó Lemin de mala gana.
Cuando ya se habían alejado un par de kilómetros, Lemin volvió su vista atrás para ver la casa de la colina una vez más. Algo le intrigaba sin compasión, y le provocaba una necesidad absoluta de tener que ir de nuevo allí en días cercanos.
-Lemin, acábate esa leche o no te levantarás de tu silla.- le regañaba su madre. Era la cena del día siguiente. Lemin estaba triste por no saber lo que el brujo tramaba. El niño revolvía la leche, con sus pensamientos en la casa de la colina.
-No te lo pienso repetir.- pero antes de que el niño pudiera contestar, se escucharon los gritos del gentío en la calle, mezclados con unos rugidos que le sonaban familiares a Lemin. Así que salió como una bala a mirar por la ventana, al mismo tiempo que su madre le gritaba que se escondieran en la despensa. Pero el joven desoyó las órdenes de su madre y abrió la puerta, salió a la calle, y vio a aquel monstruo extraño corriendo detrás de la gente, con un barril en los brazos. Lemin pudo resolver hasta cierto punto el misterio: era un engendro con cabeza de gorila, cuerpo de oso, orejas de jirafa, cola de caballo y, atando cabos, adivinó que los ojos serían los del búho; lo que le dotaba de una buena vista nocturna.
Al rato todo se tranquilizó, el monstruo se marchó de vuelta a la casa del brujo con el barril en su regazo. Nadie había resultado herido, y todo quedó en un susto.
Al día siguiente en el colegio:
-Aquello era lo que el brujo estaba creando: un monstruo.
-Exacto, Óscar. Para eso quería a los animales.- explicó Lemin.
-La gente está muy asustada.-indicó Susana.
-Sí, pero todavía quedan cosas por resolver.
-¿Como qué, Lemin?-quiso saber la muchacha.
-El monstruo no hizo daño a nadie, sólo se llevó un barril.
-Es verdad,- dijo Óscar pensativo. -por lo que sé, estaba lleno de vinagre.
-¿Vinagre?- quedó extrañado, Lemin.
-¿Recordáis el olor dulce de hace unos días?- preguntó la chica. -es todo lo contrario al vinagre.
-¿Creéis que intenta hacer otro monstruo? ¿o usa este para robar al pueblo?- preguntó Lemin.
-Sea lo que sea, quiero averiguarlo.- concluyó Óscar.
A Lemin se le había iluminado el rostro de alegría. Y Susana, con cara de pocos amigos, dedicó su aportación:
-No pensaréis que os voy a dejar solos, no sobreviviríais sin mí.
-Claro que no- dijo Lemin entre risas.-ven también con nosotros.
Esa misma tarde-noche, se reunieron en una zona céntrica del poblado. Y con más miedo que cautela, salieron corriendo hacia el bosque para que nadie los enviara de vuelta a casa. Ya que los campesinos se habían echado a la calle con antorchas, picos, alguna que otra espada, y bastantes hachas.
-¡Fuego a la bestia! ¡Acabar con el monstruo!- gritaban los hombres mientras marchaban a la casa de la colina.
Cuando los chicos volvieron a salir del bosque, algo adelantados a la multitudinaria marcha de los aldeanos:
-Debemos saber todo lo que pasa en esa casa antes de que lleguen.
-Creo que no será necesario Lemin, ahí viene ese monstruo.
-¡Y viene directo a nosotros!- gritó la chica.
Los niños corrieron hacia los hombres que venían a por la bestia, pero aun estaban muy rezagados.
Sin embargo, Lemin no huyó con sus amigos. En un intento por salvarlos hizo un acto de valentía, llamó a la criatura y se adentró en el espeso bosque. El resultado fue bueno, ya que el monstruo le siguió.
Tras un tiempo corriendo, Lemin tropezó y se cayó en una fosa abandonada. El recién creado animal se quedó quieto en el borde del agujero donde el niño se había precipitado, mirando con detenimiento.
El chico buscaba con la vista alguna posible salida o solución, pero ya no le daba tiempo de nada. El brazo peludo se iba a apoderar del muchacho, que cerró los ojos asustado, y lo levantó fácilmente para soltarlo a su lado. Lemin abrió los ojos, aún temeroso. Pero pronto se sintió menos amenazado. La bestia le ofreció la mano con la palma tendida hacia arriba. Y el chico, sorprendido, puso la suya encima. Al animal se le adivinó lo que podía ser una sonrisa, estaba contento. Lemin también parecía feliz y fascinado al mismo tiempo, así que terminó abrazándolo; sintiendo los pelos en su cara, los cuales le hacían cosquillas en el oído.
Pero la felicidad no iba a durar demasiado:
-¡Móngar!- era el viejo desde su casa, llamando a su creación para que lo defendiera del numeroso grupo de hombres armados.
-¿Así te llamas?- preguntó Lemin. Y la bestia asintió con la cabeza. -no vayas, por favor. Te matarán.
El animal entristeció, parecía no tener elección, debía proteger a su amo.
-Espera, Móngar. Iré contigo y hablaré con los hombres.
El monstruo agachó el lomo para que el niño subiera, y marcharon al galope hasta la cada de la colina.
-¡Qué haces con ese niño!-le gritó el brujo. -¡Suéltalo!- pero el monstruo se negó.
-¡No tienes derecho a tratar mal a Móngar!- se quejó Lemin.
-¡Tíralo por la ventana, y ataca a esos campesinos!
-¡No, Móngar! No tienes que hacer cosas malas, tú eres bueno.
-¡¡¡Móngar, obedece a tu padre!!!
Pero el animal, pensativo, decidió que le gustaba más tener un amigo antes que un dueño. Cruzó su mirada desafiante con la del brujo y se acercó poco a poco hasta él. Cuando estaban a escasos centímetros uno del otro, Móngar rugió con la boca totalmente abierta, así que el viejo pudo ver en un plano perfecto todos sus grandes dientes. El brujo salió corriendo fuera de allí, acobardado, pero los campesinos lo cogieron y lo amarraron.
Luego salió Lemin, a hombros de Móngar. Los aldeanos alzaron sus armas en claro tono amenazante, pero no atacaron por precaución de no hacer daño al niño, que seguí montado en la bestia.
-¡Vamos a salvarte, Lemin! ¡Tranquilo!- gritó Óscar, escondido detrás de su padre.
-¡No, no le hagáis daño!- vociferó Lemin. -¡Móngar es bueno, es mi amigo!
-¡Bájate de ahí, Lemin! ¡Vuelve con nosotros!- respondió uno de los hombres.
-¡No lo abandonaré, él es bueno! ¡Y ahora es mi amigo!
Óscar y Susana se miraron, confiaban en Lemin, así que salieron corriendo a ver de cerca a Móngar. Los aldeanos no pudieron detenerlos.
-Vamos, acariciadle. No os hará daño.- los tranquilizó.- pero tened cuidado, está unido con caramelo mágico. Es por lo que olía tan dulce.
-Y necesitaba el vinagre para que los bichos no lo molestaran.- encajaba el rompecabezas, su amiga Susana.
-¡Todo encaja!- gritó de alegría, Óscar.
Los niños se abrazaron a él, ante las miradas incrédulas del pueblo.
Fue así cómo Móngar encontraría un hogar amable con él, dos amigos excelentes como Susana y Óscar, y su mejor aliado: Lémin.El caldero hervía a fuego lento en la casa de la colina. El dulzor del interior llegaba a varios kilómetros de distancia, y unas risotadas maléficas llenaban de miedo los oídos del pueblo más cercano. Allí, en la pequeña aldea, vivían: un niño de diez años que se llamaba Lemin, otro de nueve que era Óscar, y la chica, de once años; Susana.
Iban a la escuela como todos los demás. Y esa mañana, en el recreo, el tema del día era la casa de la colina.
-¿Oíste las risas de anoche, Lemin?
-Sí, pude oírlas.- contestó.
-Me dio mucho miedo.- confesó Óscar.
-Vaya un miedica.-le dijo Susana, acercándose a ellos.
-¿Qué creéis que será ese olor tan dulce?-preguntó Lemin.
-¿Estará creando una montaña de chocolate?-fantaseó.
-¿Y ríe maléficamente? Siento destruir tu sueño, Óscar. Pero no creo que sea eso ¿Por qué no vamos a verlo?-sugirió Susana.
-¿Estás loca? Vive un brujo verrugoso.
-A mí me parece buena idea.
-Él sí es valiente, Óscar.-se burlaba la chica.
-Déjame en paz, iré si Lemin va. Nunca dejaría a un amigo solo.
-Gracias, Óscar. Eres el mejor amigo que se puede tener.-se alegró, Lemin.
-A Óscar le gusta Lemin.- se burló la chica en tono cantarín.
-Vale ya, Susana. Déjalo tranquilo y vayámonos a esa casa maldita. Tengo ganas de aventuras.
-La última no salió muy bien que digamos.- mencionó la chica. -aun recuerdo la imagen de tu madre cuando te vio llegar todo lleno de barro.- rió a carcajadas.
-¿Siempre tienes que estar fastidiándolo todo?
-No pasa nada, Óscar. Esta vez saldrá bien.- animó Lemin a sus amigos. -iremos con más cuidado.
Los tres se encaminarían en su aventura, no sin antes acabar todas las clases del día. Porque sabían que estudiar les iba a servir para desenvolverse mejor en los problemas diarios.
-Shhh, no hagas tanto ruido, patosa.- se quejó Óscar, mientras pasaban por debajo de la ventana frontal de la casa del brujo.
-Y tú deja de ir a paso de tortuga.- replicó ella.
-Se llama ir con cuidado.
-Ya vale, callaos los dos, o ese brujo nos zampa.-se quejó Lemin, que iba el último, detrás de Susana.
El olor a dulce cada vez se notaba menos, mientras que la podredumbre aumentaba considerablemente. Abrieron la puerta, despacio.
-Aquí huele a muerto.- masculló Susana, tapándose la nariz.
-Pensaba que ya tenías tu olor asumido.-se reía Óscar.
-Cállate, rata inmunda.- se enfadó ella.
-Dejadlo ya. O sabrá que estamos aquí.- les regañó, Lemin.
-¿Por qué tenía ella que venir con nosotros? ¿No se podía quedar jugando con sus muñequitas?
-¿No recuerdas que te las regalé? Sabía que te iban a hacer ilusión. Más bien es ¿Por qué tenías que venir tú?- contestó la niña.
-Por favor, chicos. Juntos somos más fuertes.-Quiso poner paz, Lemin.
Alguien bajaba las escaleras a pasos desordenados, sin ritmo, como si le costara la vida bajar cada peldaño. Mientras, tarareaba una melodía que no sonaba demasiado bien.
Los niños corrieron a esconderse debajo de las escaleras, y se quedarían muy calladitos.
-¿Dónde estás maldito búho?- dijo el brujo; retirando sillas, calderos, libros, y todo lo que pareciera un escondite.
Un ruido se escuchó debajo de las escaleras. Había sido Lemin, que se había tropezado con una pelotita.
El viejo se encaminó lentamente, sin asustar al pájaro, ya que pensaba que había sido el ave.
-Ya te tengo búho endemoniado.- pero no pudo llegar, porque el pajarraco salió volando desde lo alto de un armario hasta la cara del anciano, con la intención de arañársela. Lo consiguió dos veces, y luego el brujo la atraparía.
-A ti te mataré con más gusto.-amenazó con esa voz carrasposa, mientras volvía por las escaleras.
Los chicos quedaron aliviados al ver que el brujo no los vio.
-Lemin, ten más cuidado. Casi nos pillan.-se quejo Susana.
-Deja de quejarte por todo.-le recriminó Óscar.
-Tranquilo, tiene razón. No volverá a pasar.
Guardaron silencio tras oír al búho en sus últimos instantes de vida.
-Será mejor que nos vayamos, o nos comerá a nosotros también.
-Aunque me cueste decirlo, apoyo a Óscar.- dijo la chica.
-En ese caso, nos iremos. Son dos contra uno.
-¿Pero tú quieres seguir aquí?- preguntó su amigo.
-Sí. Hemos llegado demasiado lejos para volver atrás ahora.
-Pero ya sabemos lo que hace: mata pájaros.-contestó la niña.
-Sí, pero ¿para qué?
-Mi padre caza pájaros para comerlos, no es nada mágico.-apuntó Óscar.
-¿Y el dulzor? ¿Y las risas malvadas?-insistía Lemin.
-Le pondrá azúcar o miel. Y las risas, pues estará loco, como pasa tanto tiempo solo… mis padres dicen eso.-alegó Susana.
-Sea lo que sea, nos iremos sin estar seguros de nada.-argumentó Lemin, triste por la decisión de sus amigos.
Cuando iban saliendo, oyeron algo caer en la parte trasera de la casa. Los chicos se acercaron con mucha cautela y, guardando un poco de miedo cada uno de ellos en silencio.
Al llegar vieron que lo que había tirado el brujo desde lo alto era el búho, muerto y sin ojos.
-No parece que se lo haya comido, Óscar.- expresó Lemin, triunfante de tener razón en que allí pasaba algo raro.
-Cierto ¿y para qué crees que le arrancó los ojos?
-Eso quiero averiguar.
-¿Habéis visto esto?- llamó la atención Susana.- también hay restos de animales por aquí.
-Un cuerpo de gorila sin cabeza, un caballo sin cola, una jirafa sin orejas, y una cabeza de oso.- aclaró Lemin.
-Sí que tenía hambre ese brujo.- añadió el otro niño, entre broma y miedo.
Entonces un rugido resonó con fuerza, y después, las risas malvadas del brujo otra vez.
-¡¡¡LO CONSEGUÍ!!!-se escuchó desde lo alto.
-Lemin, por favor, vámonos de aquí. Ese rugido fue muy fuerte.-rogó Óscar a su amigo.
-Sí, será lo mejor. Volvamos a casa. Esto es peligroso.-replicó la joven.
-Está bien.-aceptó Lemin de mala gana.
Cuando ya se habían alejado un par de kilómetros, Lemin volvió su vista atrás para ver la casa de la colina una vez más. Algo le intrigaba sin compasión, y le provocaba una necesidad absoluta de tener que ir de nuevo allí en días cercanos.
-Lemin, acábate esa leche o no te levantarás de tu silla.- le regañaba su madre. Era la cena del día siguiente. Lemin estaba triste por no saber lo que el brujo tramaba. El niño revolvía la leche, con sus pensamientos en la casa de la colina.
-No te lo pienso repetir.- pero antes de que el niño pudiera contestar, se escucharon los gritos del gentío en la calle, mezclados con unos rugidos que le sonaban familiares a Lemin. Así que salió como una bala a mirar por la ventana, al mismo tiempo que su madre le gritaba que se escondieran en la despensa. Pero el joven desoyó las órdenes de su madre y abrió la puerta, salió a la calle, y vio a aquel monstruo extraño corriendo detrás de la gente, con un barril en los brazos. Lemin pudo resolver hasta cierto punto el misterio: era un engendro con cabeza de gorila, cuerpo de oso, orejas de jirafa, cola de caballo y, atando cabos, adivinó que los ojos serían los del búho; lo que le dotaba de una buena vista nocturna.
Al rato todo se tranquilizó, el monstruo se marchó de vuelta a la casa del brujo con el barril en su regazo. Nadie había resultado herido, y todo quedó en un susto.
Al día siguiente en el colegio:
-Aquello era lo que el brujo estaba creando: un monstruo.
-Exacto, Óscar. Para eso quería a los animales.- explicó Lemin.
-La gente está muy asustada.-indicó Susana.
-Sí, pero todavía quedan cosas por resolver.
-¿Como qué, Lemin?-quiso saber la muchacha.
-El monstruo no hizo daño a nadie, sólo se llevó un barril.
-Es verdad,- dijo Óscar pensativo. -por lo que sé, estaba lleno de vinagre.
-¿Vinagre?- quedó extrañado, Lemin.
-¿Recordáis el olor dulce de hace unos días?- preguntó la chica. -es todo lo contrario al vinagre.
-¿Creéis que intenta hacer otro monstruo? ¿o usa este para robar al pueblo?- preguntó Lemin.
-Sea lo que sea, quiero averiguarlo.- concluyó Óscar.
A Lemin se le había iluminado el rostro de alegría. Y Susana, con cara de pocos amigos, dedicó su aportación:
-No pensaréis que os voy a dejar solos, no sobreviviríais sin mí.
-Claro que no- dijo Lemin entre risas.-ven también con nosotros.
Esa misma tarde-noche, se reunieron en una zona céntrica del poblado. Y con más miedo que cautela, salieron corriendo hacia el bosque para que nadie los enviara de vuelta a casa. Ya que los campesinos se habían echado a la calle con antorchas, picos, alguna que otra espada, y bastantes hachas.
-¡Fuego a la bestia! ¡Acabar con el monstruo!- gritaban los hombres mientras marchaban a la casa de la colina.
Cuando los chicos volvieron a salir del bosque, algo adelantados a la multitudinaria marcha de los aldeanos:
-Debemos saber todo lo que pasa en esa casa antes de que lleguen.
-Creo que no será necesario Lemin, ahí viene ese monstruo.
-¡Y viene directo a nosotros!- gritó la chica.
Los niños corrieron hacia los hombres que venían a por la bestia, pero aun estaban muy rezagados.
Sin embargo, Lemin no huyó con sus amigos. En un intento por salvarlos hizo un acto de valentía, llamó a la criatura y se adentró en el espeso bosque. El resultado fue bueno, ya que el monstruo le siguió.
Tras un tiempo corriendo, Lemin tropezó y se cayó en una fosa abandonada. El recién creado animal se quedó quieto en el borde del agujero donde el niño se había precipitado, mirando con detenimiento.
El chico buscaba con la vista alguna posible salida o solución, pero ya no le daba tiempo de nada. El brazo peludo se iba a apoderar del muchacho, que cerró los ojos asustado, y lo levantó fácilmente para soltarlo a su lado. Lemin abrió los ojos, aún temeroso. Pero pronto se sintió menos amenazado. La bestia le ofreció la mano con la palma tendida hacia arriba. Y el chico, sorprendido, puso la suya encima. Al animal se le adivinó lo que podía ser una sonrisa, estaba contento. Lemin también parecía feliz y fascinado al mismo tiempo, así que terminó abrazándolo; sintiendo los pelos en su cara, los cuales le hacían cosquillas en el oído.
Pero la felicidad no iba a durar demasiado:
-¡Móngar!- era el viejo desde su casa, llamando a su creación para que lo defendiera del numeroso grupo de hombres armados.
-¿Así te llamas?- preguntó Lemin. Y la bestia asintió con la cabeza. -no vayas, por favor. Te matarán.
El animal entristeció, parecía no tener elección, debía proteger a su amo.
-Espera, Móngar. Iré contigo y hablaré con los hombres.
El monstruo agachó el lomo para que el niño subiera, y marcharon al galope hasta la cada de la colina.
-¡Qué haces con ese niño!-le gritó el brujo. -¡Suéltalo!- pero el monstruo se negó.
-¡No tienes derecho a tratar mal a Móngar!- se quejó Lemin.
-¡Tíralo por la ventana, y ataca a esos campesinos!
-¡No, Móngar! No tienes que hacer cosas malas, tú eres bueno.
-¡¡¡Móngar, obedece a tu padre!!!
Pero el animal, pensativo, decidió que le gustaba más tener un amigo antes que un dueño. Cruzó su mirada desafiante con la del brujo y se acercó poco a poco hasta él. Cuando estaban a escasos centímetros uno del otro, Móngar rugió con la boca totalmente abierta, así que el viejo pudo ver en un plano perfecto todos sus grandes dientes. El brujo salió corriendo fuera de allí, acobardado, pero los campesinos lo cogieron y lo amarraron.
Luego salió Lemin, a hombros de Móngar. Los aldeanos alzaron sus armas en claro tono amenazante, pero no atacaron por precaución de no hacer daño al niño, que seguí montado en la bestia.
-¡Vamos a salvarte, Lemin! ¡Tranquilo!- gritó Óscar, escondido detrás de su padre.
-¡No, no le hagáis daño!- vociferó Lemin. -¡Móngar es bueno, es mi amigo!
-¡Bájate de ahí, Lemin! ¡Vuelve con nosotros!- respondió uno de los hombres.
-¡No lo abandonaré, él es bueno! ¡Y ahora es mi amigo!
Óscar y Susana se miraron, confiaban en Lemin, así que salieron corriendo a ver de cerca a Móngar. Los aldeanos no pudieron detenerlos.
-Vamos, acariciadle. No os hará daño.- los tranquilizó.- pero tened cuidado, está unido con caramelo mágico. Es por lo que olía tan dulce.
-Y necesitaba el vinagre para que los bichos no lo molestaran.- encajaba el rompecabezas, su amiga Susana.
-¡Todo encaja!- gritó de alegría, Óscar.
Los niños se abrazaron a él, ante las miradas incrédulas del pueblo.
Fue así cómo Móngar encontraría un hogar amable con él, dos amigos excelentes como Susana y Óscar, y su mejor aliado: Lémin. //.



Cuando acabó de contar el cuento, Nagini y su hermana Shibari, fueron liberados.
Uchiha Nagini

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La adorable infancia de una familia uchiha.

Notapor Uchiha Shibari » 07 Mar 2012, 04:56

Cada vez eran más fuertes, más mayores, más audaces. El entrenamiento al que eran sometidos los preparaba para una vida dura como futuro shinobi de alguna aldea oculta esparcidas por el mapa. Su padre no estaba afiliada a ninguna, por lo menos por lo que pudieron saber. Aunque quién sabía. Había tantas cosas que su padre no les contaba que ya habían perdido la cuenta.

Seguían sin aprender y cuanto más crecían, más se atrevían a entrar en el cementerio de bestias. Noche tras noche se retaban el uno al otro a llegar más allá de lo que el otro se había atrevido. Algunas veces llegaban bien a casa. Otros días a horas más tardías pero poco a poco su padre se iba acostumbrando a ello- Y puesto que no servía de nada castigarles, ¿qué más podía hacer?


-Nagini, a que no te atreves a colocarte sobre esas costillas enormes -desafió la niña señalando hacia la zona en cuestión. Como siempre, no había vegetación que pudiera resguardarlos de las bestias que rondaban el lugar. Pero al parecer, con el tiempo les iba dando cada vez más igual.

-¿Qué no me atrevo? Ahora verás, enana -respondió él con su sonrisa picarona en el rostro.

Nagini saltó por encima de donde estaban escondidos, inclinándose hacia delante corriendo en zigzag completamente entregado a su entrenamiento shinobi. Shibari le observaba desde detrás de una columna vertebral bastante desproporcionada que estaba medio enterrada en el suelo. Sonreía al ver la rapidez a la que podía moverse aunque sabía que el campo físico lo dominaba mucho más que su gemelo.

Era algo casi extraño pero desde la ceremonia, se sentía con más fuerzas. Capaz de hacer cualquier cosa. Alguna vez se lo había preguntado a su padre pero este no había respondido alegando que estaba muy ocupado. Últimamente, siempre estaba muy ocupado. Alguna vez le había pedido a Nagini que dibujara el tatuaje que tenía en la espalda para que pudiera verlo con detalle. Era bueno con el pincel y no había nadie más en el mundo en el que confiara. Tras insistir durante un par de días lo había logrado. La imagen era el rostro de Oyashiro-sama con un el pergamino negro y una serpiente a su alrededor guardando sus secretos. Ahora comprendía por qué le había dolido tanto aquella ceremonia pero extrañamente se sentía halagada por portarlo sobre su piel.


Tras unos segundos, no sin algún que otro contratiempo al subir, se encontraba en lo alto de la costilla sentado con una sonrisa de satisfacción en la cara esperando a que su hermana se uniera a él. Shibari salió de su escondrijo siguiendo los pasos de su hermano con suma rapidez llegando a donde estaba con bastante más facilidad.


-Ahora te toca a ti, Shiba. -comentó su hermano mirando a su alrededor buscando un reto a la altura de la graciosilla de su gemela. -¿Qué te parece allí? Está más alejado que la última vez que vinimos. Será terreno inexplorado... -dijo dándole un dramatismo innecesario alargando las vocales metiéndose con ella.

-Está bien. Pero luego nos vamos. Que ya sabes que padre estaba especialmente irritable hoy. No quiero que se enfade más de lo necesario -dijo ella en tono responsable mirando a Nagini de reojo esperando que asintiera.

-Está bien... Aguafiestas -replicó el chico instándola con un movimiento de su mano para que empezara el camino.

La chica saltó desde lo alto con facilidad rodando por el suelo arenoso para no hacerse daño. Miró por encima del hombro a su hermano que volvía a animarla desde lo alto. Shibari asintió e hizo lo mismo que él, corriendo de lado a lado con rapidez hasta llegar al punto acordado. Al llegar, saludó a Nagini que la sonreía aún desde lo alto aunque no tardó en reunirse pronto con ella.


-Bueno, ya es hora de que volvamos. Vamos a tener que darnos prisa si no queremos que padre se de cuenta de donde hemos estado -insistió la niña cogiendo a Nagini de la mano aunque éste no parecía querer moverse.

-Espera Shiba, creo que he visto un poco más adelante una madriguera. ¿No quieres investigar un poco? No podemos irnos sin acercarnos. Venga. Y prometo que nos marcharemos directos a casa. Venga... -la cogió de la mano tirando hacia el lugar donde decía haber visto la madriguera. Shibari, suspirando, se dejó arrastrar sabiendo que no podía negarle nada a su hermano cuando la miraba de esa forma.

Sus pasos, silenciosos y ligeros los llevaron hasta la entrada de un agujero donde podrían caber ellos sin mucho problema. Nagini se había acuclillado delante de la abertura escudriñando la oscuridad intentado ver más allá de lo que la luz de la luna iluminaba. Entrecerró los ojos dejando un hueco a su hermana se que había agachado a su lado.


-¿Qué crees que vivirá ahí dentro? -preguntó la niña inclinándose algo más hacia delante con curiosidad. Le había parecido ver un pequeño brillo en la oscuridad.

-Podría ser algún tipo de bestia. Un topo o un tejón. Algo parecid... ¡Shiba cuidado! -pero no terminó la explicación ya que se tiró encima de ella evitando así que una serpiente se lanzase sobre ella.

Un grito desgarró el silencio de la noche cuando los colmillos de la víbora se cerraron sobre la pierna de Nagini. Shibari rodó por el suelo saltando hacia el reptil con una piedra en la mano golpeándole en la parte trasera de la cabeza repetidas veces hasta que soltó la pierna de su hermano. Éste gritó de nuevo alejándose la serpiente siseando amenazante por osarse a adentrarse en su territorio.


-Vamos, Nagini. Tenemos que salir de aquí. Tienen que curarte eso -dijo la niña agachándose para ayudarle a levantarse. Colocó su brazo por encima de sus hombros y le cogió de la cintura tirando hacia arriba no sin esfuerzo.

-Shiba, cuidado. Me arde la piel... Creo que era venenosa. Aunque podré caminar. Solo necesito... ¡Agh! -exclamó el Uchiha casi cayendo de bruces al no poder apoyar la pierna en el suelo.

-Se acabó. Sube a mi espalda. Será más rápido y puedo contigo -dijo acallando las posibles quejas que estaba por salir de los labios de su hermano mirándole frunciendo el ceño. No había discusión posible y Nagini lo sabía reconociendo que seguramente tardarían el triple si se empeñaba.

Shibari cargó con su hermano todo el camino de vuelta sin queja alguna. Al llegar a su casa, su padre ni siquiera les dijo nada. Solo cogió al pequeño entre sus brazos y lo tumbó sobre un futón mirando a la niña de forma seria. No tenía que decir palabra alguna para que supiera lo que quería decir. Había sido una estupidez adentrarse tanto. Pero tanto sabía el adulto como la cría que eso no haría que parasen. Demasiado había por investigar y sus curiosidades estaban demasiado sedientas.

Nagini estuvo durante una semana entera con alta fiebre y bajadas de tensión constantemente. Shibari no dejaba su lado apretando su mano para que supiera que estaba ahí con él. La había defendido y eso jamás lo olvidaría renovando el juramento que se hicieron de pequeños de que siempre cuidarían el uno del otro. Un lazo que sería imposible de romper. Habían pasado demasiado juntos para que flaqueara. Era un lazo inquebrantable, férreo y duradero.
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La adorable infancia de una familia uchiha.

Notapor Uchiha Nagini » 11 Mar 2012, 03:39

EL CIELO DE LA LOCURA - PARTE I


Los cipreses rodeaba la aldea a modo de abrazo osezno. El viento ligero se iba apoderando de sus ramajes y su floresta, para dialogar largo y tendido en un idioma que a los humanos nos enloquece con el tiempo. Ese susurro continuo que nos lleva perdidamente a la locura, sólo era la antesala de lo que estaba a punto de acontecer en el mundo shinobi.

“¡Los coyotes no llegan tan adentro de la aldea!” “¡Los grillos cantan demasiado pronto!” “¡las flores se cierran a plena luz del día!”. Eran sólo unas pocas de las frases que gritaban los aldeanos de la Isla de los Demonios. Nunca había ganado tanta razón de ser la de ese nombre en aquel lugar. Esto debía ser cosa del diablo, debían pensar los viandantes de la aldea a la que pertenecía la familia Uchiha.

La barcaza de los niños navegaba ese día cerca de la orilla en busca de sustento. La familia no pasaba por un momento agradable desde que Yamada muriese. Nunca llegaron a eso. Por lo que los niños tenían, muchas veces, que conseguir alimentos por ellos mismos para compartirlos con su padre. Peces, a Nagini no le gustaba quitar espinas, aunque la carne de esos animales le agradara. Por lo que siempre se ponía contento cuando pescaba ejemplares especialmente sin mucha espina.

-¡Mira este Shiba, es enorme!-gritaba su hermano, mientras tiraba con fuerza de la caña para conquistar la presa. Y su hermana cogió rápidamente las manos de su hermano para ayudarlo a tirar con más potencia. Algo bastante efectivo, a sabiendas de la fuerza que esta poseía. Y el pez, de un tamaño que dispensaría los estómagos de una familia de cuatro personas durante dos días enteros, ya estaba sobre los tablones de la barca.

-¡Es realmente bestial! ¡Un atún de más de 100 kilos!
-Ya te digo. Vaya sashimi más rico y sustancioso que vamos a tener hoy, hermanito.
-Dilo con la boca llena y el orgullo henchido, porque así será.-respondió Nagini con una sonrisa de media luna.

El cielo comenzaba a enrojecer como si le diera vergüenza su enorme azul celeste, y en unas horas demasiado matutinas como para considerar aquello algo normal. Los niños, que estaba descamando la gran pieza, aún no abandonaban su cara de asombro ante aquel acontecimiento tan particular.

-Creo que deberíamos volver con padre.- instó Nagini a darse prisa a su hermana.
-Sí, movámonos de aquí Nagi.

Los niños se apresuraron a meter la barca en su lugar antes de salir corriendo con el atún a espaldas de la niña y los utensilios de pesca en la del niño. El camino de regreso se les hizo eterno, y más, cuando acercándose al poblado veían como sus vecinos actuaban de manera poco normal:

Unos se abrazaban a otros, otros golpeaban el aire con cara de miedo, otros corrían despavoridos sin rumbo fijo, y varios comportamientos más que sería tedioso el nombrarlos todos.

Las sombras se alargaban, sus antes claras pieles iban tornándose rojizas, la locura invadía la aldea, los sachos ya no araban los campos de hortalizas; sino que desgarraban la tierra como un león desgarra la carne de la cebra en plena caza. Las lágrimas de los niños, madres y padres que no sabían qué hacer, pues no entendían lo que ocurría.

Cuando los niños llegaron a la casa, no había nadie. Shibari soltó allí el pescado y Nagini los utencilios de pesca para salir corriendo al lugar donde yacía su difunta madre, pero como si de una broma macabra se tratase, allí no estaba ni el cadáver de ella, ni los regalos que un día le habían colocado sobre su tumba. Los niños se miraron extraños, con cara desconcertada. El sudor los empapaba como si se hubieran metido debajo de una cascada. Empezaban a flaquear las piernas, y el espíritu ya no era el mismo. El corazón les iba a mil revoluciones por minuto. Y entonces escucharon gritos mortales, ya no eran como antes, ahora estaba muriendo gente ¿qué demonios era aquel día tan espantoso?

Salieron juntos, y lo primero que vieron fue cadáveres por todas partes, miembros amputados a razón de una muy bien afilada katana. No podía ser otro, era el padre de los Uchiha. Siguieron el enfiladero de muertos y desmembrados, así mismo con los quejidos de dolor que profesaban los que aún vivían, muy a su pesar. A éstos últimos, que no les quedaba esperanza de vida, iban calmando su dolor gracias a los shurikens que Shibari les acertaba en la frente, mientras Nagini seguía concentrado en guiarlos hasta el paradero de su progenitor. El bosque se extendía kilómetros en frondosa espesura. Era sin duda un buen lugar para escapar de aquella locura roja; era lo que pensó Nagini, que había pensado su padre.

Las horas pasaban sin el objetivo alcanzado. Allí dentro de la floresta era imposible buscar nada, y los cadáveres dejaron hace ya tiempo de ser como las migas de pan de Hansel y Gretel. Allí era oscuro, sólo llegaban casi imperceptibles partículas de luz, y con el cielo rojo...esa claridad casi imperceptible todavía presentaba un traje más oscuro y desolador. Ellos se abrazaron temerosos de lo que pudiera pasar, esto no se asemejaba en mucho a sus incursiones rebeldes de tiempos ya pasados, esto era completamente diferente, un ambiente que desglosaría el corazón del mismísimo demonio. Olía raro, la vegetación se llevaba todo el oxígeno, así que los niños respiraban con dificultad. Se despojaron de todo lo realmente innecesario, quedándose ambos con algunos shurikens, y un kunai. El niño quedó con sus sandalias y los pantalones que rasgó hasta las rodillas. Ella en cambio, tuvo que rasgar sus ropas en su parte alta también, para dejarla en forma de top. Hacía mucho calor en el interior de aquella lóbrega espesura.

-¿Qué hacemos ahora, Nagini? Aquí dentro estamos como en el purgatoria, es cierto, pero allí fuera estaríamos en el infierno. No sé qué es peor.- hablaba atemorizada.
-No te falta razón, hermana. Es una situación incómoda, pero saldremos de esta igual que hemos salido de todas.-contestó su hermano, en su intento por animarla. Pero la sonrisa no apareció, él estaba temblando de impotencia, aterrado.
Uchiha Nagini

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