Largas las horas que caminaba lenta y pesadamente sobre las densas y extensas arenas desde su poblado en busca de Sunagakure. Las poco arbitrarias palabras que sus padres le dieron le hicieron pensar que lo mejor sería prestar sus servicios a la aldea, pues desconocía si lo que poseía era un don o una maldición.
Tsuyu era una muchacha delgada, de negros cabellos y ojos de un color granate apagado. Su estatura era baja para un occidental, aunque para una mujer oriental era de estatura mediana.
La sinuosa silueta que se ondeaba en la lejanía del desierto le hizo reconocer un cañón de piedra que aparentaba ser un oasis.
-Algo de agua me vendría genial...- Pensaba mientras posaba su mano sobre su petaca que ya se hallaba vacía.
Fue acercandose hasta que le pareció vislumbrar un desfiladero, cosa que ignoró hasta estar bien cerca y apreciar que le dirigía a un gran portón de piedra.
-Vaya... pensé que me quedaban aun varias horas hasta llegar a la aldea... me pregunto si es esta acaso la aldea.
Anduvo todo el camino hasta que apreció dos torres de unos 10 metros de altura, sobresaliendo por arriba del desfiladero, donde se encontraban a su vez otros dos ninjas vigilando al igual que otros 2 en la puerta.
Sudorosa se acercó a los guardias e intentando esbozar una cara mas acorde a una charla saludaba a los guardias.
-Buenas tardes... -jadeaba dandose cuenta de su cansancio.- ...soy Tsuyu y busco la aldea oculta de la arena.. -decía mirando hacia la gran altitud de las torres, quedandose ensimismada.





