Bueno chicos y chicas, viendo lo de las plazas hyuuga y uchiha me dieron ganas de escribir un fic y mi inspiración me acompañó, o eso pienso yo. Para los que lean, no tiene nada que ver con ninjas o algo parecido a este universo, simplemente, espero que lo disfruten. En cuanto a la canción, si es que sale el vídeo de youtube, es pura ambientación xD
[center]Principio o final[/center]
[center]<object width="560" height="349"><embed src="http://www.youtube.com/v/QFljhKS3qYY?fs=1&hl=es_ES&rel=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="560" height="349"></embed></object>[/center]
Los ojos de color almendra se abrieron con fuerza de repente acelerados por la sensación de peligro que el cerebro de aquel muchacho enviaba con ansiedad. Las venas de su cabeza, su sien, palpitaba con tanta fuerza que podría haber servido de persución. Su boca se encontraba seca y su nariz se esforzaba en respirar un aire que se notaba viciado, le recordaba al olor que desprendía una hoguera al consumir la madera, si bien éste se notaba más sucio, más difícil de respirar y cada vez más espeso, la concentración era mucho más alta. Esta sensación provocó que el chico moviera su cabeza en un acto rápido, así como su cuerpo, o al menos un intento de ello. Sin embargo pronto se daría cuenta de que éste no se movería a sus órdenes, un pinchazo a la altura del estómago le recordaba el por qué de esa impotencia al movimiento así como un dolor de cabeza intenso y unos músculos atorados. Los ojos del chico se posaron en la viga que se encontraba clavada en su costado izquierdo, las astillas que se clavaban en su piel con total facilidad y la sangre que cubría la apertura de una herida que se antojaba peligrosa. Recordó la situación que lo había llevado hasta allí. Recordaba la taberna, una disputa acalorada, una estúpida pelea...y después de eso, fuego, mucho fuego.
El rostro del joven se desencajó al recordar que estaba rodeado de aquel elemento, sus ojos miraron en derredor con la vana esperanza de que fuese un mal recuerdo, de que su cabeza se encontrara afectada por algo y que aquel olor viciado a humo no fuese más que el producto de un viejo sueño, más concretamente de una vieja pesadilla que se encontraba presente en su mente como si estuviera grabada para aterrar sus noches más oscuras y que difícilmente podría abandonarlo algún día. Sin embargo no había ni rastro de eso y sí muchas pruebas concluyentes de dónde se encontraba. A su derecha podía ver lo que quedaba de la taberna donde poco tiempo antes hubiera estado disfrutando de una fría y exquisita cerveza. El fuego avanzaba con fuerza aprovechando que dicha construcción era completamente de madera de roble, así como la de todos los edificios circundantes a la propia taberna. Su vista no alcanzaba demasiado, el humo era demasiado denso para ver poco más lejos de su propia nariz, pero hasta donde conseguía llegar solo veía edificios de madera que ardían dejándolo en un círculo de fuego, un círculo que regresaba de sus pesadillas más profundas para amenazarlo con la muerte.
De pronto tosió dejando escapar algunas gotas de sangre, y cada vez más con cada nuevo tosido. No sólo se estaba asfixiando si no que aquella herida le estaba causando demasiados problemas. Intentaba moverse pero ya no era la herida ni su estado físico el único impedimento que lo allegaba si no que su miedo al fuego en gran escala provocaba que fuera incapaz de mover ni un sólo músculo, sus ojos parecían querer escapar de sus órbitas, sus manos temblaban y sus piernas parecían encogerse con fuerza. En efecto, estaba aterrorizado, pese a que su cerebre pretendía mover sus doloridos músculos, éstos rechazaban la orden superior debido a la fobia. La situación se volvía cada vez más complicada.
A su alrededor no podía escuchar nada, el único sonido que lo acompañaba era el chisporroteo del fuego al devorar la madera. A intervalos cada vez más frecuentes podía escuchar como una casa a un lado o a otro se desplomaba, probablemente al ceder su estructura por el fuego que consumía su parte más fuerte. Este ruido provocaba que sus gritos apagados quedaran más en lamentos sordos que en una verdadera petición de ayuda. Era extraño, un tipo tan orgulloso pidiendo ayuda en una situación así, quizás la supervivencia de su raza estaba por encima de cualquier convicción. Comenzaba a sentir cada vez más y más ansiedad, tanto que el aire le faltaba y no ayudaba el que estuviera viciado completamente por el humo. Su cabeza se alzaba como queriendo tomar aire de más arriba en un acto reflejo, pensando ingenuamente que esto pudiera salvarlo. Su pelo totalmente empapado por el sudor que segregaba aquel humano caí molestamente sobre su rostro pero ni siquiera era capaz de mover sus manos para desplazarlo. Su mente parecía querer explotar, terminar con todo aquello de una vez, sin embargo una parte de la misma lo animaba a avanzar de cualquier forma, no pretendía rendirse bajo ningún concepto y esa parte de su mente comenzó a hacerse con el control.
Podría llamarse instinto de supervivencia tal vez, pero el nombre no era lo importante, si no más bien el proceder de aquel chico que conseguía incorporar su cuerpo hacia adelante, colocando todo el peso del mismo sobre sus rodillas y así tomando una visión más clara del horizonte, si bien en éste no podía verse nada más allá del humo. Sus ojos se fijaron en aquella viga clavada sobre su costado. Afortunadamente no era gruesa, era más parecida a una lanza que a una viga de construcción, a la vez que su longitud no era excesiva, probablemente mermada al romperse. El miedo le impedía actuar sobre una situación así, no más. Tenía fobia al fuego en grandes cantidades y estaba en un incendio, su cuerpo se negaba a actuar a unas órdenes que su cerebro ni siquiera era capaz de enviar con constancia, sin embargo una de éstas llegó, una sugerencia suicida escondida en la parte más recóndita del muchacho.
Las manos del muchacho se movieron hacia adelante en un esfuerzo sobrehumano. Pareciera algo realmente increíble y poco práctico pues, en un movimiento tosco ambas se posaron sobre la madera que se clavaba en su cuerpo. Sus ojos se cerraron, apretándose tan fuerte que podría estar haciéndose daño. Sus dientes quedaban de la misma forma, provocando que un leve hilo de sangre se viera salir por entre los labios del joven. Mentalmente contó hasta tres mientras todo su pasado pasaba fugazmente por su cabeza, momento en que un grito ahogado se perdía en el centro de aquella estampa. La sangre comenzó a brotar con fuerza, el dolor era tan fuerte que no podía atender a otra cosa y esto provocaba que la sensación de miedo no estuviera presente en primer plano. En un nuevo esfuerzo más allá de su capacidad, el muchacho se puso en pie, apoyándose sobre sí mismo e irguiéndose con orgullo. Sus ligeras ropas de colores marrones oscuros estaban impregnadas en suciedad, sudor y sangre que bajaba de su costado. Su mano derecha pretendía taponar la herida, pero era un gesto inútil. Sus piernas no querían moverse pero lo hacían, comenzando un caminar torpe y lento hacia ninguna dirección en particular. El dolor era terrible, el olor que él mismo desprendía y todo el lugar en general provocaba nauseas en el humano, sensación que aguantaba milagrosamente y su cuerpo parecía estar más próximo a la muerte que a la vida. Su rostro estaba completamente desencajado, sus dientes mordían con tanta fuerza que realmente se estaba haciendo daño a sí mismo mientras que sus ojos estaban cubiertos por lágrimas secas. Aún así era capaz de moverse, o al menos lo fue por algunos segundos con un gesto torpe que ni siquiera podía rivalizar en destreza con el más torpe de los borrachos. Sus piernas se arrastraban y su cuerpo se tambaleaba de un lado a otro, no era realmente una estampa optimista y, atendiendo a la lógica, finalmente caía pesadamente sobre el suelo, perdiendo el conocimiento y abrazando a la muerte.
De nuevo aquellos ojos de color almendra se abrieron de repente. Ante su vista, un techo de color blanco construido en mármol, un blanco más puro de lo que jamás podría haber imaginado. El aire que se respiraba en aquel lugar era el más limpio que quizás podría haber tomado en toda su vida. Un amplio ventanal dejaba entrar al mismo, notándose el toque de la naturaleza en suaves aromas que lo acompañaban. Le recordaban al bosque, al lugar donde su hogar se estableciera por tanto tiempo, era una sensación que lo mantenía calmado. Su cuerpo no se podía mover, al menos no demasiado, si bien su mano derecha palpaba con suavidad una venda en el lugar que la última vez recordaba una herida que amenazaba acabar con su vida. A pesar de ello, no era capaz de incorporar su cuerpo, estaba total y absolutamente molido. Su pelo no parecía molestarle, si bien lo notaba en su cara con suavidad. Su pecho se alzaba cada vez que tomaba aire, con un movimiento leve y tranquilo, respirando aquel aire tan limpio y puro. El resto de su cuerpo se encontraba relajado, no existía un pálpito inquietante en su sien ni tampoco notaba su boca seca, todo estaba bien, todo estaba perfecto. Aquel lugar era el paraíso, no podía tratarse de otra cosa, si bien nunca había creído en ello.
Los ojos del humano pudieron ver de repente una figura que se interponía entre la imagen del techo que observara desde segundos atrás con un gesto bobo en su mirada. Un pelo negro azabache colgaba en una larga cola en el rostro de una hermosa mujer que lo miraba con atención con unos ojos de color verde vivo. Era una mujer realmente hermosa, con rasgos suaves en su rostro y un gesto cálido y amable. No entendía bien nada de todo aquello, no sabía realmente por qué estaba allí, qué era aquello o cuando había llegado, pero las preguntas se interrumpieron de forma instantánea cuando aquella chica sonrió abiertamente, mostrando un encanto imposible de rechazar. El humano no pudo evitar acompañar aquel gesto con una leve sonrisa, correspondiendo así aquel gesto casi sin quererlo, como un reflejo, antes de volver a cerrar los ojos y volver a sumirse en un largo sueño. Era cierto que nunca había creído en nada después de la vida o la muerte, tampoco había sido un tipo ejemplar y no tenía conocimiento exacto de lo que le hubiera sucedido, pero desde luego las piezas encajaban a la perfección:
Su muerte, el paraíso y un ángel que lo cuidaba.










